Los audios de Marco Tulio Gutiérrez, donde se revelan los verdaderos motivos que lo inspiraron a intentar la revocatoria de Susana Villarán han herido de muerte esta campaña. Ahora hay una prueba irrebatible de que, mientras recababa firmas para retirar a la alcaldesa de Lima de su cargo, Gutiérrez pensaba en la promoción del instituto que dirige. «A mí no me interesa el tema político posrrevocatoria», se le escucha decir, «(el objetivo es) tratar de que el Instituto Peruano de Administración Municipal (IPAM) sea conocido. Porque queremos abrir un instituto, pero para eso necesitamos mucha plata».
El dicho no debería sorprendernos. Desde el comienzo era bastante obvio que ni él ni los demás propulsores de esta maniobra buscaban adecentar o mejorar la administración de la capital o beneficiar a sus vecinos. ¿Alguien duda del propósito de revancha de Alex Koury o de Luis Castañeda Lossio, expresado nuevamente esta semana, a pesar de la infatigable falta de concordancia verbal de nuestro ex alcalde? ¿O de las intenciones de un grueso sector de la opinión pública, que se ha sumado a esta intriga para ejercitar su macartismo de cafetería, y que parece creerse en el deber de erradicar a cualquiera que contradiga su ideario? En la práctica la revocatoria en el Perú no debe ser motivada, pero un poco de sinceridad nos haría bien.
Este mismo sector de la prensa ahora pretende desacreditar los audios de Marco Tulio Gutiérrez, presentándolos como parte de una conspiración de espías y «chuponeadores». Además de delirante, este argumento es inexacto. Por el contenido y el tono, resulta claro que la conversación fue recogida por algún interlocutor de Gutiérrez, que luego decidió hacerla pública. Para ello, a diferencia de la interceptación de las comunicaciones, no hacen falta equipos muy sofisticados: basta una grabadora, empleada con discreción. En nuestro ordenamiento jurídico, este tipo de documentos es completamente legítimo, igual que los vladivideos, que no eran ilícitos y pudieron emplearse en los procesos contra la cúpula fujimorista porque −aun de manera subrepticia− fueron registrados por uno de los implicados, Montesinos. Su difusión tampoco debería generar polémica porque, aunque no registran la comisión de un delito, su contenido es de evidente interés público.
Los audios de Marco Tulio Gutiérrez se conocen por un solo motivo, que no deberíamos perder de vista: existen y son verdad. Son producto de la infinita torpeza con la que suelen actuar los propulsores de esta iniciativa y otras similares −como la segunda vuelta a favor de Keiko Fujimo-ri, el fallido intento de indulto al ex presidente Alberto Fujimori y la ofensiva conservadora contra la Universidad Católica−, que no aprenden de sus errores, quizá porque le han encontrado algún gustillo al fracaso.
