La controversia por las bodas entre las personas del mismo sexo llegó al foro de debates más influyente y con más seguidores en el mundo: la campaña electoral de los Estados Unidos. Fue el Presidente Barack Obama quien hace unas semanas planteó el tema y encendió la polémica: «Cuando pienso en los miembros de mi propio personal del mismo sexo que tienen relaciones monógamas muy consolidadas y crían niños juntos… Cuando pienso en aquellos soldados o aviadores o marines o marineros, que pelean bajo mi comando y se sienten oprimidos… He llegado a una conclusión: para mí es importante dar un paso adelante y afirmar que las parejas del mismo sexo deben poder casarse».
Su contrincante Mitt Romney respondió de inmediato. Lo hizo con voz grave desde un atril en la Liberty University, la universidad evangélica más grande de los Estados Unidos: «Así lo es hoy con la imperecedera institución del matrimonio. El matrimonio es una relación entre un hombre y una mujer», dijo. Al hacerlo pareció seguir los consejos del ultraconservador Rick Santorum, su rival en las primarias republicanas: «[Estas declaraciones de Obama son] un arma muy potente para el gobernador Romney, si está dispuesto a sacar ventajas de un presidente que está muy alejado de los valores de América».
Además de un ejemplo de coraje −y probablemente un cálculo político− lo dicho por Barack Obama es una demostración nítida de la evolución experimentada en los últimos tiempos: hace apenas una década habría sido impensable semejante toma de posición en público. A pesar del rabioso antagonismo de los sectores ultramontanos y tradicionalistas, el avance de la democracia occidental, que postula la separación entre Estado e Iglesia, la tolerancia, la igualdad y el respeto por las minorías, no se ha detenido.
En un muy persuasivo artículo publicado esta semana por la revista The New Yorker, la periodista Margaret Talbot afirma que: «Un día no muy lejano será difícil recordar por qué el compromiso matrimonial entre las parejas de gays y lesbianas incomodaba tanto a la gente». Según Talbot, cuando ese día llegue, las afirmaciones de Obama parecerán «superficiales y obvias». «No pretendo menospreciar la importancia de esta declaración. Solo subrayar que el matrimonio entre personas del mismo sexo es un paso histórico ineludible».
Para reforzar esta hipótesis, Talbot vuelve en el tiempo, a los años sesenta y setenta, «cuando era bastante frecuente conocer adultos que decían cosas como: “Creo en los derechos civiles. ¿Pero el matrimonio entre negros y blancos? Eso no sé”». Los paralelos entre la actual discusión por las uniones homosexuales y la que se suscitó en un pasado bastante próximo por el matrimonio interracial son más que evidentes, y parecen marcar un derrotero. Hoy parece insólito, pero entonces aquellas parejas «enfrentaban las miradas de censura, el ostracismo, la discriminación en la vivienda y el empleo», y una teoría psicoanalítica bastante difundida sostenía que eran producto de una patología.
En 1968, el 72% de los americanos rechazaba el matrimonio entre blancos y no blancos, y solo el 20% lo aprobaba. Hacia 1978 la aprobación había crecido al 36% y continuaba en alza, y los jóvenes eran quienes más lo apoyaban. Hoy muy pocos se atreven a discutirlo, y quienes lo hacen son seres perturbados y bastante despreciables. ¿Se pensará lo mismo de aquí a veinte años de quienes hoy rechazan el matrimonio homosexual?
