El Archivo Secreto del Vaticano es una inmensa fuente de misterio. Los libros, pergaminos y manuscritos conservados con enorme diligencia en sus 85 kilómetros de estanterías y ficheros contienen las claves de nuestra historia, y resultan indispensables para conocer y comprender los acontecimientos que definieron los últimos veinte siglos de la humanidad. Pero como la Santa Sede no es una democracia, ni se rige por preceptos mínimos de transparencia –que curiosamente sí exige a los demás Estados y a las instituciones con las que litiga–, esta vasta información permanece oculta al escrutinio público, alimentando las sospechas y la imaginación de novelistas como Dan Brown, que desde El Código Da Vinci puso de moda las conspiraciones religiosas como tema literario.
¿Por qué la Iglesia ha preferido esta reserva, que se ha perpetuado por los siglos? ¿Por exceso de celo y desconfianza? ¿O acaso porque esconde secretos terribles, y muchos de ellos podrían atentar contra su estabilidad? Estas preguntas que muchos nos formulamos hacen de «Lux in arcana» («Luz sobre el misterio») un acontecimiento singular. Desde este primero de marzo, 100 documentos abandonaron por primera vez su refugio en los archivos papales, donde estuvieron preservados durante 400 años –desde su creación en 1612 por Pablo V– para ser exhibidos en el Museo Capitolino de Roma.
La exposición incluye tesoros como la «Bula de Partición» del papa Alejandro VI, que concedió en 1493 todas las tierras al occidente de una línea imaginaria −trazada de polo a polo− a los Reyes Católicos. Curiosidades como las angustias financieras de Miguel Ángel, o una carta de María Antonieta desde la cárcel, o una corteza de abedul con inscripciones del jefe de la tribu Ojibwe, donde llama a León XIII «gran maestro de las plegarias, que hace las veces de Jesús». Hechos terribles como un pergamino de 60 metros escrito en 1308 con la confesión bajo tortura de un grupo de templarios, o la sentencia contra el monje dominico Giordano Bruno a morir en la hoguera por hereje y apóstata. También el grueso volumen que recoge las acusaciones del Tribunal de la Inquisición contra Galileo Galilei, y el conmovedor desistimiento del astrónomo, que empieza con las palabras «Yo, Galileo Galilei he renegado...» y termina con su temblorosa rúbrica. O el testimonio de 83 lores ingleses, pidiendo en 1530 a Clemente VII la anulación del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón. O la bula de excomunión de Martín Lutero, redactada por León X.
Aunque muy pequeña −apenas 100 documentos de los cientos de miles que atesoran los 85 kilómetros del archivo−, la exhibición demuestra el trascendental papel jugado por la Iglesia Católica en la historia de la humanidad. También, que todo este tiempo ha sabido comportarse como una autoridad política más que religiosa, imponiendo las tinieblas del dogma y el arbitrio antes que la claridad de la ciencia y la razón.
