Por: Raúl Tola
Desde la década de los 80, cuando un joven y voluble Alan García acostumbraba despertar zozobra cada 28 de julio con su discurso de Fiestas Patrias, ningún mensaje a la nación había generado tanta incertidumbre y resquemor como el que, cumpliendo con sus obligaciones como Presidente del Perú, ofreció ayer Ollanta Humala. Más de la mitad del país (el 48,5% que no votó por él y quienes lo hicieron por el temor de un nuevo fujimorismo) temía que, como antes lo hicieron otros presidentes de la región, Humala olvidara de golpe y porrazo los compromisos contraídos en su “Hoja de Ruta”, en la que prometía respetar los equilibrios económicos y la continuidad democrática, y consagrara su gobierno a una nueva aventura bolivariana.
No fue así felizmente, y por lo que he logrado ver y oír en estas horas, la calma –y hasta un moderado optimismo– empieza a reemplazar el enorme recelo que despertaba nuestro actual mandatario. De todos modos, a la hora del juramento, Humala pudo ahorrarse la referencia a la Constitución del 79. Cuando se esperaba una invitación a la calma y la concertación, ese primer gesto hizo anticipar lo peor, y fue una provocación que Fuerza 2011 aprovechó para empañar la ceremonia con malacrianzas y estridencias como las de Martha Chávez. Qué curioso que este grupo político, cuyo líder y fundador quebrantó abiertamente la legalidad, e impuso su propia Carta Magna solo para violentarla cuantas veces le hizo falta, pretenda ahora erigirse como celoso garante del orden constitucional.
El mensaje presidencial fue un poco más del estilo de Ollanta Humala: un primer tramo declarativo, con referencias a numerosos pensadores como Mariátegui, Haya de la Torre, Basadre y Víctor Andrés Belaunde –guiños al Apra y al PPC en realidad–, y luego una sucesión algo desordenada de anuncios y compromisos que, salvo en el caso de la lucha contra la corrupción, nunca fueron llevados al terreno de lo concreto. Con el tiempo Humala ha comprendido la utilidad de la sutileza en el lenguaje, y la empleó al tocar temas polémicos como el lote 88 de Camisea, que “será orientado prioritariamente hacia el consumo interno”.
Algunas propuestas como la línea aérea de bandera, la intervención del Banco de la Nación para facilitar la llegada de remesas y el reflotamiento del Banco Agrario son de un abierto corte populista, y habrá que esperar para ver cómo se concretan.
Una primera señal positiva, en resumen, ahora que Humala ha abandonado el campo de las palabras y ha pasado al de las acciones. No me cansaré, sin embargo, a la hora de insistir: hay que mantenerse vigilantes y ser muy críticos para evitar que cualquier afán totalitario asome en este régimen, como ya ocurrió en varios gobiernos del continente.
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