La ministra de la Mujer, Aída García Naranjo, libró sin sobresaltos un intento de censura. De los 66 votos necesarios, la medida obtuvo apenas 28; 14 congresistas se abstuvieron y 54 la rechazaron. La oposición buscaba obtener algún rédito de las crisis que ha enfrentado la ministra y consiguió lo contrario: demostrar oportunismo, escasa articulación y poco manejo político.
No tengo duda de que «Mocha» es una persona correcta y bienintencionada. Como vocera de GP cumplió un papel valioso durante la campaña, mostrando elocuencia, una insospechada muñeca política y muchísima cautela, a diferencia de fujimoristas como Jorge Trelles (“Nosotros matamos menos que los dos gobiernos que nos antecedieron”) o Martha Chávez (“El doctor San Martín tendrá que responder por varias cosas en su momento”), que con su imprudencia verbal apuntalaron el fracaso de la candidatura que pretendían defender.
Sin embargo, es innegable que el manejo de García Naranjo del Mimdes ha dejado mucho que desear. Primero afrontó con frivolidad, lentitud y torpeza la desgraciada muerte de tres niños en Cajabamba, por consumir alimentos envenenados del Pronaa. Luego debió lidiar con una denuncia por corrupción que databa de 1994, de cuando era regidora de la Municipalidad de Lima. Los funcionarios públicos enfrentan con bastante frecuencia procesos como este, pero no haber informado de ello e intentar acogerse a la prescripción, contradiciendo los postulados del actual régimen en materia de lucha contra la corrupción, fueron dos decisiones desacertadas, que agravaron el asunto.
En estos primeros 80 días de gobierno, el estilo austero de Humala, tan distinto a sus predecesores, le ha granjeado índices de popularidad altísimos. Esto a pesar de que algunos comentaristas −bastante tendenciosos, por cierto−, consideran que luego del 70% de aprobación registrado en setiembre, el 66% último es un «traspié» y representa un “quiebre”, cuando la verdad es que sigue siendo muy elevado (además, esos cuatro puntos están dentro de los márgenes del error estadístico).
De todos modos, para hacer una verdadera diferencia no basta con el perfil bajo y las declaraciones prudentes. Son necesarias reformas de fondo y gestos claros, que demuestren una dimensión ética y política nueva y distinta. Hoy Aída García Naranjo tiene entre las manos una oportunidad de oro para dar una gran lección, y de paso arrancarle un triunfo a la adversidad y los errores. Porque eso es lo que ocurriría si, luego de salvar la censura, demostrando entereza, desapego y autocrítica, renunciara al cargo. Entonces saldría por la puerta grande, y pasaría a la historia.
