Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla,
ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo.
Nadie.
Paul Celan (Salmo)
Ya desde su místico juramento –que ella llamó “promesa”– como ministra de la Mujer, Ana Jara se las arregló para no pasar desapercibida. El salmo al cual recurrió para asumir su cartera nos sugirió que su ministerio no sería de este mundo sino del reino de Dios. Pero luego, cuando fue entrevistada por Beto Ortiz en el programa Abre los ojos (nombre profético en ese contexto), no dejó espacio para la duda: las mujeres peruanas habían quedado al cuidado del “Príncipe de Paz”, por intermedio de esta locuaz notaria de Ica, para quien el Nuevo Testamento es el único documento que se necesita para interpretar lo sagrado y lo profano. Lo cual recuerda la aterradora historia del jefe islámico, al cual se le consultó si era preciso quemar la gran biblioteca de Alejandría. Su respuesta fue: “Si esos libros contradicen el Corán, deben ser quemados. Y si están de acuerdo con las enseñanzas del Profeta, ¿para qué sirven?”.
Los fanatismos religiosos, por diferentes vías, siempre conducen a la discriminación y la muerte. En el caso de Ana Jara, su posición en contra del aborto terapéutico o la píldora del día siguiente condena a miles de mujeres pobres que buscarán abortar en las condiciones atroces que ya sabemos. Su posición pro-vida es en la práctica exactamente lo contrario. Las mujeres de los sectores acomodados tienen cómo arreglárselas, felizmente. Incluso su idea de cambiarle el nombre a su ministerio para que sea “de la Familia” se inscribe en esta misma línea negadora de la realidad. Las familias que ella tiene en mente existen solo en su imaginario religioso. En la vida diaria la imposibilidad de planificarlas conduce a resultados catastróficos, en términos de embarazos adolescentes y mortandad materno-infantil.
Cierto, no es ella quien decide esas políticas públicas y laicas. Pero no podemos dejar de preguntarnos si esas declaraciones corresponden a lo que el premier Valdés anunció como un “gabinete técnico”. ¿Sabían él y el presidente Humala a quién estaban nombrando? Cualquiera de las respuestas es desalentadora. Si estaban conscientes del pensamiento Jara, entonces nos encontramos ante otro capítulo de la ofensiva de los sectores más retrógrados de la Iglesia, esos mismos que salivan con apoderarse de la PUCP. Poco importa que la iglesia de Jara no sea la católica: Dios los cría y ellos se juntan. Y si no estaban enterados de las posturas sectarias de la flamante ministra, pedaleamos en el lodo de la improvisación partidaria.
Lo preocupante es que ese discurso inflamado y extático es congruente con posturas autoritarias. En donde el deseo femenino es reglamentado para obedecer el designio divino de la reproducción. En el bellísimo claustro del convento de Santa Teresa de Jesús, en Arequipa, la mística lo dice a las claras: “Padre, en tus manos estoy, haz de mí lo que quieras”. Para fines de compensación, me ha parecido oportuno citar en epígrafe el poema Salmo, de Paul Celan, al que George Steiner llamó “un desesperado antisalmo”.
Finalmente, de Cipriani, el príncipe de nuestra iglesia dominante, dijo Jaraen la citada entrevista con el periodista más socarrón de nuestra TV: “es más lo que nos une que lo que nos separa”. Aparentemente lo que los separa es solo un condón, que ella considera un medio “natural” (¿) y él un jebe del demonio. Para todo lo demás existe el Nuevo Testamento.
