Los lazos familiares no son asuntos menores, tal como nos ha mandado decir el Presidente a través del Premier y el Ministro de Justicia. La prueba de esto es la manera en que, tanto los funcionarios del INPE como diversos sectores de la sociedad, se han venido comportando respecto de Antauro Humala. Sin importar que esté preso y su comportamiento sea ostensiblemente inestable, hay una cola organizada, con intermediarios, para solicitar sus favores. Puede que el Presidente no haya intervenido directamente para favorecerlo: no hacía falta. Nunca aparecerán instrucciones escritas en las que se estipula tal o cual privilegio para el hermano y antiguo compañero de armas, del mismo modo que no se hallarán papeles en los que se ordena al grupo Colina ordenando asesinatos. Esto no sucede en ninguna parte del mundo, pues forma parte de lo que se denomina un Code Red (Código Rojo).
Dicho código es el que permite torturar o asesinar extrajudicialmente, tal como se muestra en la película A Few Good Men, acerca de abusos cometidos entre marines en la base de Guantánamo, analizados por Slavoj Zizek. Es una verdad implícita, que no precisa de especificaciones por escrito, tal como la segregación racista. Por eso es que se colocan carteles en locales públicos, en donde se anuncia que no se practica la discriminación. En otras palabras, un cartel en donde se indica que se cumple la ley. ¿Por qué publicar lo obvio? Porque en muchos sitios la ley es letra muerta y lo que manda es un sistema de relaciones y privilegios, en donde las personas no son ciudadanos de la misma categoría.
Es cierto que los privilegios en las cárceles peruanas a menudo son cuestión de corrupción y que tener un celular en el penal no es nada raro, a pesar de estar prohibido. Pero lo que está en cuestión aquí es la percepción generalizada del poder que confiere ser hermano del Presidente, por un lado, y el silencio inquietante de este último, por el otro. Esto es lo que equivale a un Code Red. Esta discreción presidencial que las encuestas parecen aprobar, pese al último ligero bajón de tres puntos, puede ser exitosa en los sondeos pero no en la gobernabilidad del país.
Sobre todo si los problemas más acuciantes siguen tan mal o peor que en el gobierno anterior: seguridad, corrupción, educación, agua, electricidad, etcétera. El sector A está muy satisfecho porque esa inacción, con la economía caminando sola, les conviene perfectamente. Total, todos esos servicios se los proveen compañías privadas. El Presidente no puede seguir dirigiendo al país como Woody Allen sus películas. Como todos los actores ya saben, tras décadas de verlas, lo que espera el director de cine, es fama que él apenas da indicaciones: son innecesarias. En cambio la seguridad, la corrupción o los conflictos socioambientales están desbordando los cauces y la sociedad espera intervenciones claras y firmes del Jefe del Estado. El hecho de que su esposa sea tan popular no va a solucionar nada. A lo más servirá como distracción. Este sería el tercer gobierno, tras Toledo y García, de piloto automático y desatención a las graves urgencias de los varados al borde la carretera. Hacerse el loco puede servirle a Antauro pero no a Ollanta.
Adormecido por las encuestas, el Presidente corre el riesgo de despertarse un día y encontrarse, como Jack Nicholson en la película citada, perplejo e iracundo en el banquillo de los acusados por la Historia.