Muchos comentaristas han señalado que al gobierno se le terminó la luna de miel. No parece una metáfora acertada. Las lunas de miel no tienen que desembocar en una etapa de confrontación. Se requieren algunos pasos previos. Es cierto, sin embargo, que cuando aquella se termina se ingresa a la realidad. En el Perú esto significa que se ha terminado la moratoria y estamos entrando de lleno al núcleo de la cuestión. Cajamarca, Huaraz, Andahuaylas, Aguaytía, Cusco, Madre de Dios, Tacna y acaso cuando esto se publique habrán aparecido nuevos reclamos urgentes y potencialmente violentos. Como si entráramos de golpe a un escenario de desavenencias matrimoniales contaminadas de desconfianza, miedo, frustración y rabia.
Lo que ha sucedido en Andahuaylas, por ejemplo, donde una persona tan dispuesta a escuchar y entender los pedidos de los ciudadanos de ese departamento como José de Echave, quien tuvo que ser rescatado de la policía de una turba que estaba apedreando el local donde habían estado dos ministros hace algunos minutos, da una idea de lo complicado que resulta acercarse premunidos tan solo de buenas intenciones.
Aparte de una capacidad real de negociación y, cuando sea indispensable, restablecer el imperio de la ley, se requiere una metodología de trabajo adaptada a la situación. En psicoanálisis se está trabajando con una técnica puesta a punto por Peter Fonagy, llamada mentalización. Permite “leer” o inferir estados mentales en uno mismo y en los demás. Itziar Bilbao señala que “tiene tanto un componente autorreflexivo como intersubjetivo, permite distinguir la realidad interna de la externa. El reconocimiento de los estados mentales del otro (así como su valoración e interpretación) son cruciales para el desarrollo de la capacidad de reflexionar sobre situaciones intersubjetivas. Estaría en el mismo corazón de nuestro funcionamiento social”.
No se puede, por ejemplo, insistir en todos los casos con la cantaleta de los agitadores, pues esto supone desconocer la capacidad de quienes reclaman de tener su propia evaluación de su situación. De hecho, en Andahuaylas la “masa”, según el Presidente regional, los obligó a diferir el compromiso con la comisión de alto nivel. Por otro lado tampoco se puede ceder cada vez que la violencia arrecia, como hacían los dos gobiernos previos. Es claro que una técnica psicoanalítica no es más que una herramienta de las muchas que se requieren en procesos de tan alta complejidad. Precisamente por eso no hay que ceder a la tentación de la simplificación monocausal: agitadores, capitalistas desalmados, ignorantes de la cultura del otro, etcétera.
Pero sin duda una correcta identificación tanto de los intereses como de los afectos en juego –empezando por los propios– podría ayudar a prevenir desbordes. El arbitraje entre los intereses empresariales y los de los habitantes de las regiones concernidas –lo que Augusto Álvarez Rodrich sintetiza como oro y agua– va a requerir, y muy rápido de parte del gobierno, un abordaje interdisciplinario concertado y serio. De lo contrario, tal como lo ha señalado Carlos Monge, podríamos precipitarnos en una crisis como la boliviana.
