La intensa sensación de desorden e improvisación de esta semana es un síntoma florido de uno de los problemas más graves de nuestra clase política: cada gobierno tiene que aprender desde cero la tarea complicadísima de gobernar. Solo así se entiende la serie interminable de desaciertos que se han sucedido: el Presidente y su esposa que prefieren los fastos de una gira por el Asia en plena crisis, con la oposición alistando la censura de dos ministros cuya renuncia era reclamada por buena parte del país. Tras los anuncios del respaldo del Premier y los intentos del presidente del Congreso de maniatar la censura, ambos funcionarios se ven obligados a renunciar ante la vicepresidenta. Gesto insólito en nuestra democracia, en donde el Presidente es quien nombra a los ministros.
Como si esto no fuera suficientemente alarmante, las tomas de carreteras en diversos puntos del país refuerzan la percepción de desgobierno y caos que todos –bueno, casi todos– quisiéramos no volver a ver.
La impresión que esta comedia de equivocaciones produce –hasta la mañana del jueves el nacionalismo actuaba como si de ninguna manera fueran a salir los representantes de Defensa e Interior– es que el Presidente, una vez más, evadió la responsabilidad de dar la cara cuando la situación es negativa para su imagen. El espejismo de las encuestas podría reforzar esta actitud evasiva, pero ciertamente no va a mejorar la gobernabilidad del país. No es con “tuits” y sonrisas que se enfrentan situaciones tan angustiosas como las que están jaqueando, entre el terrorismo, el narcotráfico y los conflictos socioambientales, a todo el Perú. Lo cual era guerra avisada, además.
Es obvio que el Premier está desbordado y perplejo con lo que viene sucediendo. A él lo nombraron para cuadrarse, no para pensar. Es obvio que el régimen carece de voceros solventes para explicarle al país cómo se está enfrentando está situación malsana y peligrosa. Es obvio que –y esto es lo más grave– carece de una estrategia para hacerlo. En muchos sentidos recuerda al gobierno de Toledo, quien también acostumbraba tomar el avión al extranjero en los momentos más contraindicados. Pero también al de García, el único que llegó con experiencia de gobierno, pero era tan desastrosa que tuvo que reinventarse, recurriendo al mismo modelo de dejar lo esencial en manos de la economía. Resultado: no hay déficit fiscal pero hay un gigantesco déficit político, humano y social. Exactamente lo que hemos visto estallar esta semana.
Acaso lo único rescatable de todo este sainete es que, por primera vez en mucho tiempo, la mayoría de peruanos se identifica con la Policía y las FFAA. Cada muerte en el VRAE es sentida por todos como la de un familiar. Este sentimiento significa un cambio enorme. Sería deseable que estas, por su parte, respondan a este apoyo con una erradicación implacable de la corrupción que las pudre por dentro. Ojalá este recambio de ministros incluya esta reforma impostergable. Pero para ello es indispensable que el Presidente entienda que debe abandonar la práctica timorata de nombrar, en los puestos clave respectivos, a personajes cuya principal virtud es la de ser allegados y obedientes. Esa es la mejor demostración de miedo a asumir el liderazgo tomando decisiones difíciles. Un buen ejemplo es lo que acaba de hacer Obama, atreviéndose, en pleno periodo electoral, a pronunciarse a favor del matrimonio homosexual. Sin coraje, no se gobierna: se vive para las encuestas.