Por Jorge Bruce
Pocas veces se observa una elección de nombre tan acertado para una asociación como APEGA, la Asociación Peruana de Gastronomía. Por lo general ese tipo de instituciones se nombran mediante siglas vacías de significado, mucho menos de contenido afectivo. En cambio APEGA designa al mismo tiempo una alianza extraordinaria, que va del productor campesino hasta el potaje familiar o extraordinario que nos deleita, seduce o sencillamente reconforta, junto a un vínculo primario fundamental para la supervivencia.
Desde la mirada de un psicoanalista, la connotación de dicho nombre con el lazo conocido como apego es un hallazgo notable. Fue el psicoanalista y etólogo inglés John Bowlby, a quien tuve la suerte de conocer y acompañar por Lima hace muchos años, el primero en designar esa relación primordial entre el hijo y la madre. Este vínculo sólido y duradero, que se desarrolla a través de la mutua interacción, siempre y cuando sea suficientemente bueno, funcionará a lo largo de la vida como una fuente de protección, seguridad y solaz cuando la vida, como inevitablemente ocurre, nos enfrente con amenazas de cualquier naturaleza.
Pero el apego es también la matriz de las relaciones que desarrollaremos en el curso de la existencia con una serie de experiencias familiares, las que se inscriben en ese linaje de cuidado y resguardo. La comida, como a estas alturas el lector habrá adivinado, es uno de esos elementos esenciales de reconocimiento, placer y familiaridad. Mucho más allá de la necesidad primaria de saciar el hambre, los sabores, olores y texturas, tal como el niño los descubre en el contacto íntimo con su madre, configuran un mapa de experiencias sensoriales asociadas a representaciones entrañables.
APEGA organiza MISTURA. Después de lo que acaban de leer, imaginarán adonde intento llegar. La fiesta gastronómica, más allá del orgullo legítimo que nos produce esa combinación fantástica de calidad y variedad, constituye una celebración del apego a lo que nos resulta más personal y, paradójicamente, cultural en el sentido más vasto e inclusivo de la palabra.
Hoy me tocó asistir a la premiación de productores de cacao, lúcumas, jugos o vendedoras de mercados como el de Surquillo o el mayorista # 2. Esas ceremonias suelen ser rituales de autocomplacencia narcisista. En cambio la entrega de estos Rocotos de Oro estuvo impregnada de una emoción tan auténtica como el sabor de ese ají que los condecoraba. Escuchar a Mariano Valderrama, presidente de APEGA, gritar ¡viva la alianza campesinos y cocineros!, en una divertida parodia de las arengas políticas, daba el tono exacto de esta celebración.
Esta es la cuarta edición de MISTURA. Mi fobia a las multitudes y colas me impidió acudir a las anteriores. Ahora sé lo que me había perdido: no solo la degustación de platos notables como el cancacho, el cordero de Ayaviri, o un tocino del cielo que hace honor a su nombre. Lo esencial es participar en una comunidad de experiencias y recuerdos que nos unen en un lazo de apego, pese a nuestras gruesas desigualdades. Ese vínculo que la vida cotidiana en nuestra difícil sociedad tiende a hacernos olvidar y, con frecuencia, rechazar.
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