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El clan de los exilados

Por Jorge Bruce

Acaso les haya sucedido pasar frente a un velorio y preguntarse cuándo me tocará a mí. Esta pregunta puede entenderse en sentido literal, en el sentido del poema de John Donne, citado por Hemingway en su novela.

Por quién doblan las campanas: doblan por ti. Pero redoblan por ti no solo cuando es tu sepelio; también cuando lo hacen por alguien tan significativo como tu padre, porque algo dentro de ti se muere. Sin embargo, también da vida, activa partes tuyas que desconocías. En el momento en que tu progenitor fallece, pasas a ser otra persona.

Cualquier asunto pendiente que tenías con él, ya no podrás saldarlo. Cualquier conversación que habrías querido tener, quedará trunca. Lo mismo la carta que no le escribiste, ni qué decir el abrazo que no le diste. Esa es la ley inexorable de la vida: lo único cierto es que será interrumpida y a partir de ese momento deberás lidiar con tu nueva condición. Por muy avanzados los años del difunto y preparado que te encuentres, siempre te sorprenderá la situación de orfandad en la que te encuentras: un manotazo herido, un golpe helado, dice Miguel Hernández.

De pronto comprendes que has ingresado a un clan que sabías que existía pero actuabas como si no fuera así: tal es el temor que tenemos a perder a nuestros referentes más significativos, que no tenemos otro recurso que negarlo. Es como si nos hubieran exilado de una patria acogedora a la que siempre podíamos recurrir, así sea de manera imaginaria. Pero una vez puesto en evidencia este mecanismo de negación, hay que asimilar sus consecuencias: ahora somos, para bien o para mal, adultos.

Luego darse cuenta de lo afortunados que hemos sido. No solo por haber tenido un padre hasta hoy –el día del velorio, Salomón Lerner Febres me contaba que perdió padre y madre a los 17 y 18 años, respectivamente.

Sobre todo por haber tenido a uno ejemplar. No perfecto, claro está: soy psicoanalista, no hagiógrafo. Muchas veces tuvimos diferencias que nunca llegamos a allanar. Me refiero a que nos dejó ejemplos que trascienden sus errores y los subliman.

Cuando una pareja de amigos trotskistas que huían de la dictadura de Pinochet necesitó cobijo, mi padre y mi madre, que se encontraban más cerca de los golpistas que de Allende, no dudaron en recibirlos en casa durante meses y ayudarlos en todo lo que se pudiera, en una relación de cariño que continúa hoy. Lección: la hospitalidad y la solidaridad están siempre por encima de la ideología.

Como este, podría citar innumerables casos de una política de brazos abiertos al visitante que, por mi parte, nunca dejé de practicar cuando vivía en el extranjero. Incluso en asuntos de transgresiones a la moral y las buenas costumbres, en las que mi padre era más bien rígido, el amor siempre pudo más, y las asperezas terminaban en bromas que restituían las diferencias a su lugar de magníficos pretextos para practicar la tolerancia.

Lo último que le dije, en su estado de coma, fue que intentaría ser la mitad de buen padre y hombre decente que él. No era un arrebato de inusual modestia: estaba poniendo la valla muy alta. Termino citando a Elisa, mi hija de 4 años: Lo voy a extrañar al Tatín.

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Jorge Bruce Jorge Bruce

Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del perú. Ha publica varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación y es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".