En más de 80 países y 951 ciudades se han manifestado, este sábado 15 de octubre, movimientos de indignados. Lo único unánime, sin embargo, ha sido la protesta. A partir de ahí, las propuestas difieren en muchas direcciones. Porque en ese movimiento planetario, que ya ha llegado a Latinoamérica, en las calles de Buenos Aires o Santiago, confluyen las posiciones más extremas. Así, Herbert Haberl, un berlinés de 51 citado por el New York Times, dice: “No tengo problemas con el capitalismo. No tengo problemas con la economía de mercado. Pero me parece que el sistema financiero está funcionando de una manera profundamente inmoral. No deberíamos subvencionar a los bancos. Deberíamos subvencionar a la gente”.
En el otro polo, un pensador radical como Slavoj Zizek dijo a los manifestantes del movimiento Ocupa Wall Street: “Todos hemos visto la clásica escena de los dibujos animados en la que un coche se acerca a un precipicio y sigue rodando ignorando que está sobre el vacío, y sólo cae cuando el conductor mira hacia abajo y se da cuenta de ello. Esto es lo que estamos haciendo aquí. Estamos diciendo a los chicos de Wall Street: ¡eh, miren abajo!”.
Pero si bien no hay un programa político coherente en esta ola de protestas mundial, hay un evidente malestar en la cultura, como diría Freud, que se expresa en una fuerte animadversión contra los banqueros. En las calles la gente gritaba: “¡Nosotros somos!” en un lado de la acera, y del otro respondían: “¡El 99%!”. La percepción es que ese 1% restante es el que toma las decisiones económicas y políticas esenciales, en beneficio de ellos y en perjuicio de todos los demás. ¿Son los banqueros los chivos expiatorios de esta cólera?
Puede que sí, pues no son solo ellos los únicos responsables de la debacle financiera internacional. Hay un complejo entramado de intereses corporativos y gastos militares, con políticos trabajando para ellos. Sin embargo, los banqueros aparecen como los objetivos más claros, en la medida que ellos precipitan, con sus quiebras y retiros obscenos, el desmoronamiento de la economía mundial. Pero si bien no hay un programa político asociado a la indignación, esa energía timótica de la que hablaba Aristóteles y a la que Sloterdijk ha dedicado un libro reciente titulado Cólera y Tiempo, sí hay un reclamo furioso de más democracia, de respeto a la voluntad de la mayoría.
El riesgo, como observa Zizek, es que “un día nos vayamos simplemente a casa y después nos reunamos una vez al año, tomando una cerveza y recordando nostálgicamente el buen rato que pasamos aquí”. Difícil saberlo. Los manifestantes en los países árabes se enfrentan a unas dictaduras sanguinarias en donde muchas libertades están prohibidas o restringidas, como sucede en China, ese extraño bastión del capitalismo actual. Aquí podría ocurrir que, como en Mayo del 68, ocurran algunos cambios culturales, pero la esencia de un sistema basado en la desigualdad y los privilegios permanezca intacta. Entre otras razones porque nadie tiene muy claro con qué se le podría reemplazar.
El cubano Lezama Lima escribía: “El gozo del ciempiés es la encrucijada”. Debe estar revolcándose el bicho.
