Por Jorge Bruce
Hace cinco años, cuando elegimos el mal menor en segunda vuelta, emprendimos de inmediato la tarea de olvidar aquello que nos había colocado en tan angustioso dilema. Así somos los humanos, por lo menos los humanos peruanos. Vivimos en un perpetuo proceso de negación. Negamos que estamos en una zona sísmica en donde, tarde o temprano, las placas se reacomodarán y entonces Pisco se vendrá abajo. Luego pasarán los años y dejaremos las cosas a medio hacer. Negamos que la reducción de la pobreza significa pasar de ganar una cantidad irrisoria a una indecente, pero nos llenamos la boca de cifras que no curan, educan o dan seguridad. Porque la seguridad, la justicia, la salud o la educación no llegan solas.
En cambio las que sí llegan solas son las chelas. Ver al presidente García en una celebración jocosa, rociada y generosamente alimentada, mientras la gente moría en Islay en protesta por el proyecto Tía María, nos recuerda lo que significa el mal menor. Pero eso también lo habíamos negado. El crecimiento económico debería haber absorbido esos conflictos entre los megaproyectos y la voluntad de los pobladores. La terca realidad volvió a irrumpir, en pleno proceso electoral.
Henos aquí de nuevo, confrontados al mismo dilema de hace un lustro. Quisimos borrar al otro, sepultándolo bajo una andanada de gráficos exultantes y declaraciones arrogantes.
Resulta que el otro, el que no estaba invitado a la fiesta de la modernidad capitalista porque no tenía los elementos básicos para participar, vuelve a emerger del subterráneo y no está contento ni convencido de que su vida sea esa maravilla que anuncian los medios de comunicación oficiales. El problema es que no hay partidos para canalizar esa desesperación, esa furia, esa frustración. Solo hay caudillos autoritarios, líderes de segunda fila, fanfarrias huecas, promesas sin credibilidad.
Ignoro al escribir estas líneas cuál será el desenlace de la jornada electoral. Pero sí tengo claro esto: la oferta es decepcionante y el susto mayúsculo. Y esto no es casualidad. Es una indicación de lo que nos va a tocar hacer en el quinquenio siguiente, sea cual sea el resultado. Trabajar por una sociedad más capaz de identificarse con un proyecto común, en donde todos nos demos cuenta del interés que tenemos en, por ejemplo, respetar las reglas de tráfico porque todos salimos ganando.
Lo cual significa reconocer al otro en vez de actuar como si no existiera, despreciándolo, agrediéndolo. Deseo que, incluso si el resultado no es el que yo preferiría, estas elecciones nos cancelen la opción de adormecernos y sumirnos en ese sueño dogmático que impide avanzar en lo que más importa. A saber que no basta con asegurar mi bienestar y el de mi familia, si es que tengo el privilegio de lograrlo. Pero no me hago ilusiones.
Si queremos avanzar como colectividad, tenemos que romper este proceso de negación, salir de la embriaguez maniaca encarnada por nuestro Presidente, mirar más allá de nuestras fronteras mentales y entender que este aviso no admite prórrogas.
Por desmentir esos datos duros estamos, otra vez, haciendo equilibrio en la cornisa. Para funámbulos, Philippe Petit.
