Nueva York te puede recibir mal. ¿Nunca les ha pasado que en la cola serpentina de una aduana ubican a quien no quisieran que les toque porque intuyen que traerá problemas? Ella nos tocó. Se tomó su tiempo hasta encontrar lo que buscaba: algo que su sistema no había registrado. Luego empezó a hablar sola, en voz cada vez más alta, como si se enfrentara a un peligroso enemigo del Estado: ¡Fin del debate! ¡No hay discusión!
¡Terminó el show! Como yo no decía una palabra, comprendí que era por lo menos fronteriza –el colmo de un aduanero– y se peleaba con un perseguidor interior. Nos hizo pasar a una oficina. Ahí un policía más sereno halló lo que faltaba y entramos a la ciudad. Donde había tormenta de nieve.
Pero así como tu escapada tan esperada puede iniciarse con nubarrones amenazantes, la ciudad te puede despedir de manera principesca.
Eran las seis de la tarde del último día de nuestra breve estadía. En dos horas salíamos rumbo al aeropuerto. Pasamos por casualidad delante de un restaurante: La Grenouille. Esa mañana había leído en el New York Times una entrevista a Adam Gopnik, un intelectual público, como me enseñó Álvaro de Soto que los llaman allá, quien había publicado un libro sobre cocina francesa. La Grenouille, afirmaba, era uno de los últimos templos de una gran tradición culinaria que se estaba perdiendo. Espié por la cortina desde afuera y el lugar era esplendoroso (pueden hacer lo mismo en internet). Seguimos caminando. Pero al llegar a la 5ª avenida le dije a mi esposa: “¿Y si entramos solo a tomar una copa? No estamos apropiadamente vestidos pero preguntaré”. Un amable recepcionista me ofreció una chaqueta (aunque seguía con zapatillas) y pasamos.
Una vez instalados, el barman me presentó a Mr. Masson, el dueño. Le conté mi lectura del NYT y mi identificación con esa filosofía gastronómica, en donde “cada elemento tiene una historia y un significado simbólico”. El hombre pareció encantado y sorprendido. Nos preguntó de dónde éramos. Luego quiso saber a qué hora salía nuestro avión. Finalmente hizo la pregunta más extraña de todas: “¿Son alérgicos a algo?” (esto lo dijo en español).
Luego nos acomodó en un lugar tranquilo de la barra. Bryan, el impecable barman, nos puso pequeños manteles y muchos cubiertos. Al poco rato llegó una joven salida de la película Ratatouille y nos sirvió, anunciándolo en francés, quenelles de Lyon (croquetas hechas con una pasta de trigo, rellenas de lucio, coronadas por, sí, ¡caviar!). Bryan sugirió acompañarlas con un Chablis. Siguió un exquisito ris de veau (mollejas, una rareza), con un Sauternes. Al final, un souflée au Grand Marnier, con crema de sabayon (el postre francés por excelencia) y una copa de crémant.
Nunca sabré por qué Mr. Masson decidió invitarnos este inolvidable banquete con tal afecto y generosidad. Con suma elegancia, me cobraron las copas que había pedido. Algo achispado, salí recordando un poema de Baudelaire: “Bebo un vino bohemio y me quedo con el alma de estrellas sembrada”. Espero no haber sonado pretencioso, insensible o frívolo. Cuando menos lo esperas, la vida te hace regalos suntuosos y me hace dichoso poderlo compartir.