Por Jorge Bruce
MEDELLÍN, Colombia. Viajar a países próximos al nuestro por geografía, historia y cultura –en este caso, gracias a una invitación para dar unas conferencias– es siempre ocasión de hacer comparaciones. Así, es evidente el trabajo de buenos alcaldes en transporte público, tránsito, pistas, iluminación, metro-cable, etcétera. Mención aparte merece el funicular que asciende sobre una de las zonas marginales –llamadas así, sin eufemismos– hasta un cerro con una vista espléndida y un edificio extraordinario: el Parque Biblioteca España, con una arquitectura fabulosa de laja negra y madera, del arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti. A su lado, la Biblioteca Nacional en San Borja es de una banalidad consternante.
Haber elegido esa ubicación, en Santo Domingo Savio, para una construcción de ese fuste, habla a las claras de un esfuerzo de integración, tal como el soberbio jardín botánico, emplazado en un lugar análogo. La idea subyacente es que la gente pobre tiene derecho a la cultura y a la belleza. En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Camus lo dijo así: “El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse”.
La otra idea que ha creado parques temáticos como el de Botero, el de Los Deseos o el Explora en espacios urbanos es ese viejo cliché que no ha perdido vigencia: no solo de pan vive el hombre. La cultura alimenta, claro que sí. Ver a esos niños leyendo y divirtiéndose en la gran caja negra de la biblioteca lo demuestra. Asimismo, toda esa gente que disfruta de parques espléndidos, con una iluminación navideña espectacular, alegre y creativa, donada por las empresas de luz y telefonía (aviso a las nuestras), obviamente se está nutriendo de calidad de vida y deseos de mejorar.
Pero las comparaciones tienen sus riesgos. Uno es el masoquista de pensar que en todo estamos peor que los colombianos. El otro es el narcisista: su comida, por lo menos la que he probado, y con todo respeto, no está a la altura de la nuestra y la violencia urbana sigue siendo grave, pese a los innegables avances respecto de las FARC. Pero ninguna de esas actitudes es útil. Es preciso sortear esas trampas y afectos negativos, como la envidia que según nuestro Presidente corroe a nuestros vecinos (en mi caso, más bien he debido luchar contra la mía).
Lo interesante es, por supuesto, aprender y emular aquello que valga la pena, así como no repetir los errores propios y ajenos.
Así, una caricatura en el diario El Tiempo revelaba que los políticos colombianos fueron los primeros en tomar un avión en dirección a Haití. Los nuestros no se limitaron a eso: bajaron a la brigada especializada de bomberos USAR. Mientras tanto, la noticia que ha dado la vuelta al mundo es el rescate de Lidovia Pierresaint por rescatistas peruanos, tras 80 horas sepultada.
¿Cuánta gente habría podido salvarse si no dejaban en Lima a los bomberos? En caso de sismo, cada minuto cuenta. Ya el secretario adjunto de la OEA ha pedido a los gobernantes que se abstengan de venir: estorban.
También en lo figureti, hermanos.
