Por Jorge Bruce
¿Qué puede llevar a alguien a una decisión tan extrema como la de traicionar el vínculo con su colectividad? Según las declaraciones atribuidas al suboficial FAP Víctor Ariza, lo suyo fue cuestión de dinero. Como Judas, se vendió por unas monedas, que en esta ocasión provenían del palacio del mismo nombre. No obstante, hay razones para sospechar que esa no es motivación suficiente para un acto tan riesgoso y antisocial. ¿Fueron solo las treinta monedas las que arrastraron al discípulo de Cristo a entregarlo? ¿Fueron solo los miles de dólares los que persuadieron a Ariza de dar a los chilenos información confidencial, que compromete la seguridad nacional?
El pensador rumano-francés Emil Cioran sostiene que si bien los individuos estamos solos, no todos lo estamos de la misma manera ni con la misma intensidad: “cada uno se sitúa en un grado diferente en la jerarquía de la soledad; en el extremo se sitúa el traidor: empuja su calidad de individuo hasta la exasperación”. Esta exacerbación de la individualidad puede ser extendida al instinto de supervivencia. Pero aun así nos quedaríamos cortos, me parece, en el intento de comprender la multideterminación de las causas que llevan a un individuo a ponerse en contra del bien de su comunidad.
Como en el caso de Judas, tiene que haber un acto profundamente envidioso, de odio a lo que representa los valores de la tribu, de desapego de aquello que nos une y mantiene cohesionados; en suma, una radical escisión para explicar que alguien opte por negar ese lazo fundamental y atacarlo en su esencia simbólica.
Ahora bien, ¿no es esto lo que caracteriza a los actos de corrupción que, ignorando las necesidades de los más desvalidos, sustraen fondos que alimentarían y curarían a millones de peruanos, por interés personal? ¿Qué es peor, la venta de secretos militares a los chilenos o el saqueo del erario público como lo hicieron Fujimori y Montesinos, entre otros? En el primer caso se compromete la defensa del territorio patrio. En el segundo, se arrebata la esperanza de vida a niños peruanos en extrema pobreza.
No obstante, la hija del corrupto sentenciado tiene una posición expectante en las encuestas. Los partidarios de Fujimori se rasgan las vestiduras con el caso de Ariza y los apristas y magistrados salpicados por el escándalo de Alas Peruanas, ídem. Ni hablar, literalmente, de los Petroaudios.
Ariza no ha hecho sino seguir el sendero de quienes vienen, históricamente, traficando con los bienes comunes en provecho personal. Sucede que los temas militares poseen un coeficiente simbólico que los hace más volátiles ante la opinión pública.
“Puede, afirma Cioran, que en todo traidor haya una sed de oprobio, y que la elección que hace de un modo de traición depende del grado de soledad al cual aspira”. Para mí, las diferencias son legales. Ambos son actos psicopáticos que atacan al vínculo social. Solo que la comunidad no los juzga con la misma vara, porque mientras que con los corruptos puede haber una secreta identificación fascinada, como lo prueban las encuestas, los traidores “clásicos” son los chivos expiatorios ideales de nuestras más recónditas inconsecuencias.
