Por Jorge Bruce
Para algunos intelectuales de izquierda resulta incómodo ponerse de parte de Mario Vargas Llosa en el enfrentamiento con Hugo Chávez. En la medida que el escritor es considerado un conspicuo representante de la derecha, y que todavía hay quienes ven –en una gruesa desmentida de la realidad– al presidente de Venezuela como un hombre de izquierda, esto les plantea un problema de lateralidad. Este término significa, en psicología, la preferencia por un lado del cuerpo para actuar con la mano, el ojo o el pie. Así, la mayoría de seres humanos son diestros. Los problemas surgen cuando una persona no puede distinguir su izquierda de su derecha. Lo cual implica serias dificultades a la hora de conducir un vehículo… o un país.
El affaire Vargas Llosa-Chávez nos confronta, pues, con dilemas de lateralidad ideológica. Pero esta es una trampa en la que no hay que caer. Es preciso condenar sin matices los desbordes autoritarios del lenguaraz dictador “bolivariano”, y exigirle al escritor peruano una definición contundente en los graves asuntos de corrupción y abuso en nuestro país.
Por esa coherencia ética que él siempre ha reivindicado, sería saludable escucharlo sobre la alarmante lentitud en el caso de los petroaudios o el conflicto con las comunidades amazónicas, en donde nos encaminamos a un escenario de violencia para imponer los grandes intereses del capital, en un trasfondo de desprecio y racismo. Son indicadores del grado de democracia que se vive en el Perú. Corrupción y autoritarismo son el sida y el cáncer terminal de un estado de derecho, que el autor ha encarnado recientemente en Keiko Fujimori y Ollanta Humala. Pero no se le ha escuchado una sola palabra en referencia a la presencia de esos males en el régimen actual. Cuando se le interroga al respecto, responde de manera inespecífica: “en el Perú siempre ha habido corrupción”.
Por el contrario, no ha cesado de emitirle certificados de buena conducta, fascinado por el modelo económico en curso. Pero como dice su hijo Álvaro en su columna de Perú.21, los problemas de Latinoamérica no son económicos sino políticos. Aunque también ideológicos. Así, muchos somos escépticos acerca de las cifras de crecimiento económico, disminución de la pobreza y blindaje ante la crisis internacional, difundidas profusamente por el Gobierno.
El exabrupto de Chávez, quien ubica al peruano en las ligas menores, es otra grosera negación de la realidad. Más allá de los cargos oficiales, el militar está cada vez más desacreditado y aislado, mientras el escritor disfruta de un prestigio internacional inmenso, a pesar del rechazo que generan sus posiciones liberales en mucha gente. No obstante, su liderazgo ético es evidente y, aunque suene ingenuo, espero que los demonios del escritor no lo hagan estancarse en lagunas de lateralidad, que le impidan darse cuenta de la crisis moral que corroe a nuestra sociedad, sin que este régimen mueva un dedo para combatirla. Por el contrario, pareciera promoverla y aprovecharla. Así como Vargas Llosa ha demostrado coraje al enfrentarse a la maquinaria chavista en su propio terreno, se aguarda de él una toma de posición incómoda en el suyo.
