Si todavía recuerdan que antes de internet había unos libros llamados diccionarios, y si entre estas reliquias,conservadas por inmigrantes digitales como el suscrito, tienen a mano los ejemplares del de la Real Academia Española, les recomiendo abrirlo en el vocablo “marcha”, tan socorrido estos días en los medios. Ahí se toparán con una entrada sorprendentemente frondosa. Esta va desde “Acción de marchar”, pasando por “Toque para que marche la tropa o para hacer los honores supremos militares”, o bien “Pieza de música, de ritmo muy determinado, destinada a indicar el paso reglamentario de la tropa o de un numeroso cortejo en ciertas solemnidades”. Hay para todos los gustos e interpretaciones: “Desarrollo de un proyecto o empresa”. Incluso se consigna una acepción de corte psicosocial: “Ánimo o ambiente de diversión y juego.”
Pese a esta abundancia de definiciones, no se encuentra una distinción, como la que hizo estos días el premier Valdés, entre marcha “técnica” y “política”. Tampoco figura la marcha “extremista” del congresista Otárola. Para ser exhaustivos, habría que precisar la ausencia de una “marcha por el agua”.No, no se lista una “marcha por el oro”.
Como escribo estas líneas el jueves, no puedo saber lo que ha ocurrido con los caminantes de la marcha aludida, venidos desde Cajamarca ante la parquedad gubernamental en el conflicto iniciado con el proyecto Conga, la minería y las cabeceras de cuenca. Dado que carezco de una opinión técnica como la reclamada por el primer ministro, y ante la dificultad para comprender las implicancias de ese proyecto enorme que, sospecho, compartimos la mayoría de peruanos a falta de explicaciones claras y convincentes, lo que sí puedo afirmar es esto: sin un diálogo político este conflicto va a dejar un precedente catastrófico no solo a este gobierno sino a todos los que coexistimos en este país que necesita tanto del agro como de la minería. Siempre y cuando, en ambos casos, se respeten estándares ambientales y, sobre todo, la voluntad informada de los ciudadanos.
Sin negar la sensación cacofónica que rodeó al primer gabinete, tengo la impresión de que en ese entonces el diálogo estaba en una fase más auspiciosa. Era obvio que Salomón Lerner Ghitis se entendía, pese a las dificultades, con Gregorio Santos. Nunca sabremos si ese diálogo desembocaría en acuerdos, pues ese intercambio se interrumpió abruptamente para dar paso a estas marchas: la del agua y la militar (que es la del oro).
Ahora la situación está más crispada que antes y no se ve la estrategia gubernamental. En cambio hay un inquietante ritmo de mecida/peritaje que no anuncia una alegre conga sino un rígido desfile marcial. Y del presidente Humala no se escucha ni un miserable tuit. Nadie extraña la verborrea de Alan García, a menudo acompañada de ofensas a quienes osaban criticarlo. Tampoco queremos la mudez concreta del alcalde Castañeda. Pero sí se espera del actual mandatario definiciones claras acerca del rumbo que se le va a dar a tan complicada situación. Si el premier no es la persona indicada –evidencia que se impone cada vez que declara–, entonces urge designar a un vocero capaz de informarnos, porque esa es la obligación de los representantes que hemos elegido.
Ese silencio trae recuerdos alarmantes del autoritarismo y la corrupción fujimoristas. No hay motivos para pensar que eso esté sucediendo ahora, pero más vale no esperar a que ese fantasma reaparezca.