Es conmovedora la costumbre de dar nombres impregnados de una esperanza involuntariamente irónica a lugares que evocan lo contrario: El Paraíso, La Victoria, Nueva Esperanza, etcétera. Tengo la oportunidad de reunirme regularmente con una persona que pasó su infancia y adolescencia en uno de esos barrios de broncas, como los llamó José Antonio Bravo: el célebre El Porvenir de Trujillo. Pedro (no es su nombre) pudo salir de ahí y hoy es un profesional exitoso pero, sobre todo, muy capaz. Sería un exceso decir que esto se debe a su educación pública: la verdad es que Pedro salió adelante a pesar de ella, gracias a una determinación de hierro, un amor inmoderado por el estudio y una ambición admirable.
Pero no todos sus compañeros de calle o escuela tuvieron esa misma “suerte”. John Pulpo, por ejemplo, el cabecilla de la banda Los Pulpos, hoy encerrado en la cárcel (dicen que ahí se sentía más protegido del escuadrón policial de la muerte). Muchos de ellos ni siquiera tuvieron la “suerte” de John: murieron en el camino, a balazos o cuchilladas, en arreglos de cuentas entre bandas rivales o a manos de la policía. Dirimir quién manda en la frontera entre El Porvenir y Florencia de Mora le ha costado la vida a más de uno de ellos. Se entiende a qué me refería al decir que llamarlo El Porvenir era un macabro eufemismo.
Todo esto viene a cuento por el caso del coronel Elidio Espinoza, masivamente apoyado por los ciudadanos de El Porvenir. Estaba enterado desde hace días de que se venía un paro de transportistas para apoyarlo, porque Pedro me mantiene regularmente informado, sabedor de mi interés por esa compleja dinámica psicosocial. El Poder Judicial ha exculpado al oficial de policía y la gente de buena parte de Trujillo lo ha nombrado “general del pueblo”, oponiéndose a su pase al retiro. Los informes de Ricardo Uceda en este diario ponen en entredicho, por decir lo menos, las muertes de los delincuentes en enfrentamientos con el escuadrón de Espinoza, pero eso, me dice Pedro, lo sabe todo el mundo en su viejo barrio: ¡es precisamente por ese motivo que lo admiran!
Lo cual no significa que los trujillanos sean proclives a las ejecuciones extrajudiciales (nombre extraño y acaso sintomático, pues en el Perú no existen ejecuciones judiciales). Lo que nos dice ese plebiscito informal es que la gente está desesperada y, en esas condiciones, las reglas de la convivencia civilizada son percibidas como un estorbo, un lujo insolente de quienes no tienen que soportar esa violencia cotidiana contra sus derechos fundamentales: la vida, la propiedad, la integridad física y psicológica. De ese terreno brotan los justicieros al margen de la ley, así como los dictadores cuando las instituciones del Estado fracasan y abandonan a una masa crítica de desposeídos (y otros no tanto).
Quienes tenemos el privilegio de no vivir asediados tenemos también la responsabilidad de persuadir con hechos a las víctimas de El Porvenir de que es posible un Estado eficiente y no corrupto. Que las ejecuciones, sean en el barrio, la embajada, El Frontón, Lucanamarca o Accomarca, son la puerta de entrada a un infierno en donde la siguiente víctima puede ser tu padre, tu hermana o tú. Ya sé, para muchos ese infierno es su hábitat, hoy. Mayor razón para no demorar esas reformas que regímenes previos desdeñaron irresponsablemente. Si no ese inmenso malestar volverá a engendrar los monstruos que Goya vio despertar durante el sueño de la razón.
