Por Jorge Bruce
A lo largo de la campaña que terminó, todos hemos presenciado tanto la evolución de los planes de Gobierno como del temperamento del presidente electo. Con todo derecho, mucha gente se sigue preguntando si esos cambios eran genuinos u oportunistas. Si bien últimamente se aprecia una tendencia hacia cierto grado de confianza y tranquilidad, sigue habiendo un grupo considerable que no cree en la teoría de la adaptación a las circunstancias políticas de la segunda vuelta. Este, recordemos, fue el argumento esgrimido por Gana Perú para explicar la mutación del plan original hasta la moderada hoja de ruta que, Biblia y testigos mediante, lo guió al poder.
Solo el tiempo y las decisiones de Gobierno permitirán decir con certeza dónde se ubica la verdad. Entretanto, voy a presentarles una hipótesis que va a contracorriente de lo sostenido tanto por los críticos coriáceos e incrédulos como por los defensores acérrimos de Humala, sus planes y comportamiento.
En la semana que pasó, estuvo particularmente sosegado y concertador, moderado en sus respuestas y prudente en sus intervenciones. Afirmó en todos los tonos que no pensaba afectar el crecimiento económico, sí cumplir sus promesas de mejorar la calidad de vida de los más pobres. Tras un primer traspiés de la bolsa, el lunes, los agentes económicos parecieron recibir con alivio estas señales. ¿Qué había pasado?
Podría pensarse que esto se debe a la calma de haber triunfado. Pero dicha actitud serena ya tenía algunas semanas, sino meses. Solo se acentuó en los últimos tiempos, hasta esa imagen familiar de camisa celeste y sonrisa beatífica, en contraste con el ruido y la furia de Locumba o el Andahuaylazo. Mi hipótesis es la siguiente:
Ollanta Humala se siente liberado de su plan radical original.
Lejos de ser solo una concesión necesaria a las fuerzas políticas expresadas en los resultados de la primera vuelta, o una obediencia castrense a los asesores brasileños, me parece que se siente mucho más cómodo con la hoja de ruta centrista y “de ancha base”. Lo falso, en esta hipótesis, no sería el plan con el que ganó las elecciones, sino el que le permitió vencer en la primera vuelta. Ese era el proyecto más cercano a su formación familiar y política, con la que se siente cada vez menos identificado: lejos de la izquierda tradicional, de Velasco, de Chávez, de Isaac.
A diferencia de Keiko Fujimori, quien nunca pudo romper con la figura de su padre, Humala no tuvo que enfrentar ese drama porque la situación política lo hizo por él. Además se le apareció un padre simbólico sustituto, Premio Nobel por añadidura. Incluso un hermano, pues Álvaro Vargas Llosa le dio el apoyo fraterno que le habían retirado Ulises y Antauro.
Si esta hipótesis se verifica, muchos se sentirán reconfortados. Pero no está exenta de riesgos. Ese 31 % que votó por él en la primera vuelta quiere cambios drásticos y podría decepcionarse conflictivamente. El diario conservador Financial Times afirmó que el único peligro que veía en la elección de Humala era el efecto Obama: que no pudiera hacer gran cosa. Solo queda esperar para saber cuál será el efecto –y el afecto– Humala.
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