En unas declaraciones autoexculpatorias, el ex reo y ex congresista Alberto Kouri afirmó, en el programa de TV ‘Abre los ojos’, que conduce Beto Ortiz, lo siguiente: “Todos tenemos un video en la vida. Creo que todo el mundo tiene su cosita escondida, nadie es perfecto; si no, estaríamos en el cielo. (…) Todos somos mortales, somos seres putrefactos, que tenemos que luchar contra nuestra propia naturaleza”. Hay una parte de verdad en todo esto: todos estamos permanentemente luchando. Todos, asimismo, podemos corrompernos. Siempre he pensado, al ver los vladivideos, qué habría hecho yo en ese lugar, si es que Montesinos me hubiese tentado con algo que para mí fuese muy deseable. No es fácil la respuesta. Si fuese fácil, la palabra “ética” no tendría mayor significado. La integridad moral se pone a prueba cuando el dilema es crítico. Eso que Sócrates sintetizó en una respuesta genial a uno de sus discípulos, que no sabía si quedarse con su esposa o irse con su amante: “Hagas lo que hagas te arrepentirás”.
Es obvio, sin embargo, que la defensa de Kouri está construida sobre una falacia: todos somos putrefactos significa que la única diferencia entre las personas reside en ser o no descubiertas. Las cámaras ocultas de Huamán y Montesinos fueron su perdición, no la corrupción de sus actos y las mentiras posteriores. Al meter a todos en el mismo saco, él pasa a ser una víctima. A menos que su inconsciente haya usado la palabra “todos” como un conjunto, en el sentido matemático del término, que incluye a las personas como él. A saber, todos esos políticos tránsfugas, dueños y conductores de medios de comunicación, jueces, militares y empresarios que medraron durante esos años del fujimorismo en el poder, y que hoy adeudan, según el procurador Arbizu, alrededor de mil millones de soles, de los cuales se ha recuperado… ¡el diez por ciento! (tomado de Diario 16).
Lo anterior permite contextualizar aún más las declaraciones de Kouri: todos somos putrefactos cuando el Estado también lo es. En realidad, habría que decir que las posibilidades de corromperse cuando se vive en un Estado que promueve activamente la corrupción son mucho mayores. Es como entrar a la Policía: hallar a un policía que no sea corrupto es una tarea digna de Diógenes. No porque lo sean espontáneamente, sino porque la institución está tan corroída que resulta heroico no serlo.
Ahora bien, la defensa de Kouri, en donde se mimetiza con los lados más voraces de la condición humana, es la otra cara de la medalla de la búsqueda de chivos expiatorios. Un ejemplo actual: la culpa de lo que sucede en Cajamarca la tienen los radicales. O bien: la culpa es de Yanacocha. O quizá: la culpa es de Ollanta. Y tal vez pronto: la culpa la tienen esos sacerdotes que son lobos con piel de cordero. Esas explicaciones maniqueas y simplistas son producto tanto de la ideología, la pereza mental y el temor a exponer verdades que los indispongan con sus grupos de pertenencia. En privado, cuando he tenido oportunidad de conversar con unos y otros, casi todos reconocen la complejidad de las responsabilidades y la necesidad del diálogo. Así como la urgencia de la búsqueda de una salida de consenso.
Pero en público, como Kouri, el afán narcisista de ser reconocidos y aprobados funciona como un potente generador de distorsiones mentales a tener en cuenta en el delicado proceso de diálogo cajamarquino. Pero también en los demás procesos en curso de negociación en el país.