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Todos los martes del mundo

Por Jorge Bruce

No todas las cosas que aprendí en la PUCP se las debo a mis profesores. En el patio de Letras hallé uno de los grandes obsequios de mi vida: la música clásica. Mis iniciadores fueron Carlos Gamarra y Jorge Smith, compañeros de aula. Yo veía con curiosidad que intercambiaban unos cassettes como si fueran tesoros (los eran). Les pedí que me hicieran escuchar y entré en contacto con algo que ya nunca me abandonó. Acaso al principio lo hice por esnobismo, pero poco a poco me fui enamorando de esa experiencia inefable.

Carlos y Jorge fueron generosos conmigo y me brindaron con paciencia esa oportunidad. Como todo el mundo, comencé con Las Cuatro Estaciones de Vivaldi y los Conciertos Brandenburgueses de Bach, la novena sinfonía de Beethoven o la 40 de Mozart. Después fui descubriendo composiciones de más difícil acceso como los cuartetos de Debussy y Bartok o La Noche Transfigurada de Schönberg. Carmen Carvallo me mostró el vínculo sublime entre el cine y la música culta, con el adagietto de la quinta sinfonía de Mahler en La Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, basada en la novela de Thomas Mann. El título de esta nota, que parafrasea la hermosa película de Alain Corneau, Todas las Mañanas del Mundo, inspirada en la música de Sainte-Colombe o Couperin, es en homenaje a ella.

Me disculpo por este name dropping, pero intento vanamente sintetizar un recorrido fabuloso, hasta llegar a los martes de este año. Resulta que por primera vez me he abonado a la temporada de la Sociedad Filarmónica de Lima, que preside admirablemente Salomón Lerner Febres, dando otro importante servicio al país, ahora que se conmemora el informe de la CVR.

No exagero: es una de las mejores decisiones que he tomado en mucho tiempo. Solo en la semana que pasó pude asistir a un concierto de Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del planeta, Stradivarius al hombro. Entiendo que el próximo año podría venir Jordi Savall, quien toca la viola en la citada película de Corneau. Amo el jazz y el rock, pero sin Mahler o Bach mi vida sería un tanto más pobre.

George Steiner afirmaba que la música era el arte que más estimulaba la inteligencia. Al mismo tiempo es un lenguaje universal, lugar común que no pierde vigencia cuando, como ocurrió el martes pasado, se siente el alma francesa, alemana o española al escuchar al joven Ensemble Mediterrain tocar piezas de Ravel, Brahms o de Falla.

Todo esto suena elitista pero no tiene por qué ser así. Siguiendo el ejemplo de Venezuela y su mundialmente reconocido programa de orquestas jóvenes, Juan Diego Flórez, a quien también escuché cantar en la Filarmónica con una orquesta peruana juvenil, está promocionando una iniciativa de esa índole aquí. La llamada música clásica no debería ser un privilegio, en unos martes tan inolvidables como esos viejos cassettes. Algún día les contaré la anécdota de cuando Juan Diego cantaba arias y dejaba en silencio al Enatru que lo llevaba al conservatorio, en compañía de mi cuñada Claudia Rheineck, hoy una extraordinaria directora de coros infantiles. Eso prueba que la música no tiene otras fronteras que las de nuestra incapacidad para ponerla al alcance de todos.

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Jorge Bruce Jorge Bruce

Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo".