Tolerar la incertidumbre es un requisito esencial para todo psicoanalista que escucha a su paciente.
Lo contrario puede llevar a imponer interpretaciones precoces que solo fortalecerán las defensas y favorecerán la compulsión de repetición. Fue W.R. Bion quien mejor lo formuló: “He llegado a la conclusión de que es importante mirar cada sesión, sin importar lo familiar que parezca el material, como si estuviéramos escudriñando los elementos de un caleidoscopio, antes de que se plasmen en un patrón definido. Siempre existe la tentación de terminar prematuramente la etapa de incertidumbre y duda acerca de lo que está diciendo el paciente”.
Ahora bien, en este fin de año con tantos elementos inciertos en la sociedad peruana, ¿podemos extrapolar estas enseñanzas psicoanalíticas a nuestra situación política? Mi respuesta prudente sería que sí, pero tomando las precauciones de los puercoespines cuando hacen el amor: con mucho cuidado.
Comencemos por Conga. Lo menos que puede decirse es que el premier Valdés ha hecho caso omiso de las recomendaciones de Bion. Su capacidad de escuchar y aceptar lo que Coleridge –en quien Bion se inspiró– llamó una willing suspension of disbelief (suspensión voluntaria de incredulidad) ha resultado alarmantemente nula. Esas señales de aparente firmeza, como la de pararse, firmar y mandarse mudar, son el equivalente de decirle a un paciente: “si no le gusta mi interpretación me voy del consultorio”. En donde, por lo demás, quien se comporta como si necesitara tratar su impulsividad no son los dirigentes cajamarquinos sino el representante del Estado. Si hay una estrategia detrás de esos exabruptos, necesita explicaciones urgentes porque no la estamos entendiendo, señor ministro.
Otro punto de rumores y temores es el indulto a Fujimori. Aunque los informes de Daniel Yovera en el programa Tribuna Abierta parecen haber disipado las dudas respecto del cuadro cancerígeno del preso más atendido del país, subsiste cierta inquietud acerca de su estado anímico. Conversaba con un colega de gran experiencia, quien me recordaba un viejo tópico psiquiátrico, retomado por Kisane: el síndrome de desmoralización. El cual implica desesperanza, pérdida de significado y estrés existencial. Cierto, todo le ha salido mal al dictador encerrado. Mientras muchos piensan en la derrota electoral de su hija, pocos han reparado en la ausencia de una persona que, gracias a la vista gorda de las autoridades penitenciarias, le traía un gran beneplácito: Gina Pacheco. Dos fuentes fujimoristas me confirman que la pelea de la enfermera con Keiko fue un golpe duro… para su padre. Aquí es el presidente Humala el que no debe ceder a la incertidumbre de la supuesta mala salud mental de Fujimori.
Un último punto a citar sería el proyecto de revocatoria de la alcaldesa de Lima. Vamos, la patinada brasileña de La Herradura requiere aclaraciones sin tardanza. Pero no se puede revocar a una autoridad por ser impopular. Ni impopularidad equivale a ineficiencia. Hay mucho por corregir y aprender, pero sigo prefiriendo de lejos a Villarán que a Castañeda, Kouri o Flores. Esa inauguración fue fallida pero no bamba: ahí sí García o Castañeda tendrían que haber sido revocados no una sino muchas veces. Seamos exigentes pero serios. Y democráticos.
Intuyo que en el 2012 los peruanos vamos a necesitar de Coleridge, Bion y todos aquellos que nos ayuden a tolerar tiempos agitados e imprevisibles. Aún así: ¡feliz año!
