Incluso en un país con la intensidad emocional que caracteriza a nuestra política, el martes de la semana que pasó fue un día singular. Ese fue el día en que Gregorio Santos, enardecido ante las masas cajamarquinas, aludió a lo sucedido en Ecuador y Bolivia, antes de preguntar algo cuya respuesta ya conocía: “¿Qué se hace con un presidente que no cumple lo prometido?”. El grito unánime fue, por supuesto, “¡Lo sacan!”. Fue una jugada riesgosa en muchos sentidos y es difícil decir si fue producto del fervor del momento o un cálculo político. Queda claro que en una democracia frágil los dirigentes deberían mostrarse más responsables con su discurso, pero eso es pedirle peras al olmo, pues lo mismo hicieron Humala y García cuando eran candidatos. Lo seguro es que era el reflejo de una situación que ha venido acentuándose: la separación entre Ollanta Humala y los sectores populares que lo apoyaron en su campaña presidencial.
Ese mismo día el Premier escribió sus comentados tuits sacados de Basadre, acerca de los podridos, los congelados y los incendiarios. Al principio hubo perplejidad en la tuitósfera, pues nadie sabía a ciencia cierta si la cuenta correspondía al Primer Ministro. Cuando esto se confirmó las dudas que surgieron fueron acerca de su, digamos, adecuación. Lejos de ser una respuesta política, esa vena lírica parecía más propia de un orador de computadora, acaso escuchando un disco de Ennio Morricone. Como fuere, produjo más bien risa y preocupación: ¿esa era la respuesta del jefe del gabinete a una proclama de tan graves implicancias como la de Santos? El respaldo de Keiko Fujimori terminó de confirmar lo que se temía: esa facción represiva y cuadriculada no entiende lo que está sucediendo en muchas regiones del país, por eso responde con un modelo rígido y maniqueo, lo cual azuza en vez de calmar los ánimos y el malestar ciudadano asociado a los conflictos sociales.
Para rematar la sensación de cuadro del Bosco, el presidente Humala declaró ese día que la Gran Transformación se realizaría de todas maneras (imagino los escalofríos entre quienes pensaban ya tenerlo domado), luego agregó algo que nos sumió en el desconcierto: “Digan lo que digan los extremistas”. Da la impresión que aludía a los congresistas que habían renunciado a la bancada de Gana Perú (aunque inconscientemente podría estar respondiendo a su padre). El problema es que Humala fue elegido con el compromiso solemne de renunciar a ese proyecto. Además, todos los signos que se observan van en sentido contrario a esa afirmación, que parecía más un alarde defensivo que un nuevo cambio de dirección.
En el clima entre serio y lúdico que suele ser el del Twitter, envié el siguiente mensaje: “Alguna vez García Márquez escribió que su país se había vuelto loco. Debe haber sido una tarde como esta”.
Lo que ese martes nos dejó fue la preocupante sensación de una desconexión creciente entre las elites económicas y políticas, y buena parte del país, sobre todo en provincias. Esa desintegración es la que se parece tanto a la locura (y la fomenta). Comoquiera que la violencia parece ser la respuesta a la que acuden como panacea los “extremistas” de ambos polos, estamos obligados a encontrar maneras democráticas de salir de este entrampamiento que cada día se hace más peligroso. No podemos cambiar de Presidente, pero él sí puede cambiar su manera inescrutable de gobernar. También puede –y debe– cambiar de premier.