“Gracias” al Movadef y el JNE, la violencia que causó tantas víctimas en nuestra patria está siendo intensamente recordada en los medios. Ese debe ser el bien que ese mal nos trajo. El olvido psicopatológico, tal como la amnesia, en donde no se sabe que se ha olvidado, es producto de la represión. Un bolero lo dice con admirable eufonía: “Se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida”. Los jóvenes desinformados de los que tanto se ha hablado en estos días hacen eco al silencio o la distorsión de sus padres y maestros. Un manto de olvido se estaba tendiendo sobre la atrocidad de esos crímenes que cometieron Sendero Luminoso y, aunque nos duela reconocerlo, las Fuerzas Armadas.
Ese manto de desmemoria es el trabajo de la pulsión de muerte, que no se agota en la destructividad desatada en esos años aciagos. Continúa, procurando que nos desvinculemos poco a poco de lo ocurrido, hasta que sea un vago recuerdo sin importancia. Como si nos hablaran de la guerra del Chaco, digamos.
Nos duele reconocer que las FFAA cometieron innumerables abusos porque nos defendían contra Sendero, el enemigo común. Después del informe de la CVR ya no fue posible ignorar que una combinación letal de racismo, ninguneo y odio permitió que se violaran los derechos de miles de compatriotas cuyo destino nos era, en el mejor de los casos, indiferente. En el peor escenario, ya lo he dicho en varias oportunidades, había tanto una voluntad de no saber como una de exterminio. Suena espantoso y hasta “teatral”, como diría el premier, pero solo así se explica que esto haya podido ocurrir durante tantos años, sin que la nación en su conjunto se inmutara por esa barbarie.
El premier ha afirmado que las víctimas han “teatralizado” sus testimonios, dejando mal paradas a las FFAA. El ex presidente García lo ha apoyado diciendo que “la memoria terminó disminuyendo las culpas de los verdaderos responsables”. PPK aseguró que la CVR fue “demasiado tolerante” con la ideología de Sendero Luminoso. Este coro no es coincidencia. Para quienes lo esencial es ver al Perú como un tren de última tecnología lanzado hacia la modernidad, esa guerra interna en la que se aniquiló a los peruanos más desprotegidos es una mancha inaceptable en el paisaje censurado y kitsch que quisieran presentar como fruto de sus exitosas gestiones comerciales.
Ese Photoshop del pasado sería ideal para atraer inversiones, si no trajera consecuencias dramáticas (con perdón del premier por insistir con las metáforas teatrales). De hecho, señor Valdés, el teatro cumple la función inversa a lo que usted entiende. Si hubiese acudido a ver La fiesta de cumpleaños, de Harold Pinter, dirigida por Chela de Ferrari en el teatro de la Plaza, o Criadero, de Mariana de Althaus en el CCPUCP, sabría que las puestas de calidad luchan contra el olvido pero, sobre todo, nos invitan a reflexionar y elaborar acerca de lo vivido.
Paul Ricoeur se preguntaba: ¿dónde pasa la línea de demarcación entre la amnistía y la amnesia? La respuesta “no se encuentra a nivel político sino al nivel más íntimo de cada ciudadano, en su fuero interno. Gracias al trabajo de memoria, completado por el de duelo, cada uno de nosotros tiene el deber de no olvidar sino de decir el pasado, por doloroso que sea, en un modo apaciguado, sin cólera”. Acuda al teatro, señor ministro. Y lea a Ricoeur antes de hablar en público sobre asuntos que nos atañen a todos, pero particularmente a las víctimas.
