Cada vez resulta más evidente un patrón de comportamiento del Presidente que debería revisar de urgencia: aparecer en público cuando se trata de situaciones exitosas y no dar la cara cuando las papas queman.
Especialmente cuando, como acaba de ocurrir, el éxito de la operación no era tal. Es entendible el sentimiento de vergüenza por la serie de revelaciones que se han sucedido en Kepashiato, desde que los terroristas liberaron a los rehenes. En particular las condiciones espantosas en que fueron asesinados los suboficiales Vilca, Astuquilca y Tamani, abandonados a su suerte por su comando. Asimismo, la arrogante aparición del cabecilla de los asesinos ante los periodistas, ufanándose de sus crímenes y poniendo de manifiesto la inepcia de los militares encargados de capturarlo.
Todo esto es humillante, doloroso e indignante, qué duda cabe. Pero el Presidente debería darse cuenta de que no lo es solo para él: todos sufrimos con esas pérdidas y nos sentimos acongojados con el despliegue vanidoso del criminal cuyo alias es Gabriel. Su sonrisa psicopática sin remordimiento alguno nos escuece a todos, e imagino lo intolerable que resulta para los allegados de sus víctimas. Por eso mismo requerimos la presencia de un líder que salga al frente y nos diga cómo se va a combatir al enemigo común.
Contrariamente a lo que el mandatario y sus asesores parecen pensar, su imagen no se va a deteriorar por reconocer los graves errores cometidos. Y en todo caso si así fuere, eso forma parte de las obligaciones de un estadista: asumir el costo y enmendar el rumbo, ofreciendo las explicaciones que los peruanos aguardamos porque para eso lo elegimos.
Por el contrario, una preocupación obsesiva con las encuestas termina, tarde o temprano, en algo que es mucho más dañino que unos cuantos puntos menos de aprobación: una percepción pública de fragilidad narcisista en la personalidad de alguien que no se puede permitir ese lujo. Para bien o para mal, la percepción de la personalidad del Presidente, sobre todo en regímenes tan enfeudados a la figura del jefe como el nuestro, es un factor determinante en el ánimo de la colectividad. Uno de los elementos más visibles de esa evaluación permanente a la que está sometido el gobernante es, precisamente, su actitud ante las crisis. Hasta ahora la política de tomarse fotos solo cuando los asesores creen que las circunstancias son propicias, parece estar dando réditos.
Pero ningún líder ha prevalecido con esa selección cuidadosa de situaciones triunfales. Así como hace bien en presentarse en los funerales de los caídos en defensa de la patria, nuestro Presidente debería reflexionar acerca de la importancia de salir cuando las circunstancias le son adversas. Eso daría una indicación mucho más certera de su temple y generaría confianza en su capacidad de conducir una sociedad tan compleja como la nuestra. En cambio si mantiene la línea que venimos observando, inevitablemente nos vamos a preguntar quién es esa persona con casco de minero o uniforme de campaña. En Dave, presidente por un día, una película protagonizada por Kevin Kline, un sosias contratado por el la Casa Blanca para suplantar al Presidente en ciertas situaciones, termina gobernando los Estados Unidos. Alguien debería informarle al presidente Humala que esto no es el cine ni un reality de la TV: esto es el Perú y su trabajo es gobernarlo en las buenas y, principalmente, en las malas.
