Soy una loca. Se me ha ocurrido que puedo ser una buena comunicadora audiovisual en un idioma problemático como el Francés, que tiene más excepciones en su gramática, que reglas en ella. Reloca, porque el nivel que debo tener no corresponde al común de los usuarios, sino que debe ser casi nativo. Locaza, cuando caigo en la cuenta que llevo poco más de un año peleando por dominarlo de manera efectiva. Ésta actividad constante me tiene cansada. Primero, porque pasarse todo el tiempo en inmersión, sin ver otra cosa, es agotador. Segundo, porque mi cuerpo resiente biológicamente éste proceso y hay días en los que no quiero nada en mi cabeza, sólo el silencio.
Un colega rumano en mi comunidad migrante, me contó que la gente como nosotros, con profesiones en comunicaciones, se deprime profundamente al no poder lograr tener aquel poder sobre el idioma. Él mismo llegó hasta el hospital, enfermo por no lograr su ansiada integración profesional. Me asustó. No soportó chambear en cosas inferiores a sus calificaciones, buscando desesperadamente que las oportunidades profesionales se diesen. En su caso, al parecer, ello nunca pasó, pero luego fundó una revista para inmigrantes... y éso va para otra columna.
En mi caso, he tenido algo más de suerte: tuve una estadía en una institución que me ha dado la oportunidad de conocer cómo es la cosa, aquí. Sin embargo, he de reconocer que mis limitaciones idiomáticas son un gran muro a escalar diariamente y me siento indefensa por ello, aunque mis conocimientos profesionales sean bastante competitivos. Juro que cuando un “horror” de Francés se me escapa en plena chamba, deseo teletransportarme a Lima; que hay un vacío en mi estómago cada día en el que quiero hacer bien mi trabajo. Me encomiendo al universo, pensando en que el mismo error de hoy, no será el de mañana, porque inevitablemente, se aprende. Así sea.
