Tengo que comunicarles, estimada lectoría, que moriremos, indefectiblemente en unos años, en unas décadas. Depende, específicamente de nuestra antigüedad, es decir, de qué década del siglo pasado estamos viniendo. Los únicos lectores de este siglo –por mientras– son los que están obligados por sus padres a leerles en voz alta los titulares de estos diarios, en su versión impresa, a modo de práctica escolar.
A estas alturas, si usted lee casi siempre esta columna por internet, puede autodenominarse gentilmente “Generación bisagra”; es decir, a medio camino entre las tradicionales formas de comunicación y las nuevas tecnologías de la información. Si, en cambio, usted lee esta columna en su versión impresa, sea porque no tiene la más remota idea de cómo se usa una computadora o todo el asunto de la internet le sigue pareciendo cosa de magia, no se angustie: los cambios tecnológicos se han desbarrancado vertiginosamente desde mediados del siglo pasado y a veces ha sido incomprensible seguirles el paso: ni los que hemos venido más tarde, podemos con ellos.
En cambio mi sobrina, a la que llamamos cariñosamente Chucky, viene del finales del siglo anterior; uno de sus primeros ejercicios de psicomotricidad fue aprender a utilizar el mouse de la PC. Sus primeros dibujos los hizo en un programa de computadora. Su primera mascota fue un llavero al que tenía que “alimentar”, religiosamente, si no dejaba de funcionar. Tuvo su primer blog a los doce años y le enseñaba a su madre cómo usar el Office. Ella no es una niña privilegiada del primer mundo; es solo un ejemplo de las nuevas generaciones que nos enterrarán, vía fibra óptica, mientras todos los discursos sobre los problemas de comunicación intergeneracionales actuales quedarán (teóricamente) en el olvido, porque se mandarán un par de mensajes sms y todo resuelto.
