Busco empleo profesional, acá. Me está tomando un tiempo. Primero –y aunque digan que no– porque no soy del barrio y mi aspecto les da serias dudas, aunque tenga más experiencia que el que solicita mis servicios; añado que encima no es en español. Segundo, porque cada cultura tiene sus costumbres laborales-organizacionales específicas. Tercero, porque la crisis también ha llegado a esta ciudad, que es pequeña, y yo no tengo planes para trabajar para el Estado, el mayor empleador.
La búsqueda de empleo, en un lugar desconocido, requiere de armarse de valor, en todos los niveles que él se encuentra. Aquí, la cultura indica que el 80% de los trabajos son parte de un “mercado escondido” y es imprescindible salir a conocer a los empleadores. Casi nada de anuncios en los diarios y sí hartas relaciones sociales para conocer a alguien que conozca a alguien que –finalmente– conozca a alguien que pueda recomendarte.
Yo había tenido mi mala experiencia al respecto años atrás, en Lima. Acudí a un conocido para que me diera algunas pistas, vista su importancia (había sido nombrado novísimo funcionario municipal) y sus contactos envidiables. Nunca, en toda mi vida, fui tan despreciada, despedida con cajas destempladas: “¿es que esperas que yo te busque empleo?”. Felizmente la globalización llegó, no matter what, y el cambio en la forma de buscar empleo ha ido modificándose, al punto de lograr utilizar las redes sociales.
El asunto, finalmente, es que, a pesar de las diferencias idiomáticas, la búsqueda de empleo siempre es un reto que te enseña de qué estás hecho. Superar tus miedos a encontrar a gente nueva, el temor de no ser competente para un puesto o tal vez no saber si podrás responder luego. La gente suele ser (como dice McCartney en una canción) la misma donde se encuentre. Deséenme que encuentre chamba pronto, en todo caso.
