Discúlpenme la pomposidad, cuando lo que quiero decir es una sincera simpleza. Vivo dando vueltas sobre los mismos temas, sobre las mismas cosas. No para decir lo mismo, felizmente. Es para decir más jaranas, deconstruyendo otra vez lo enunciado y volviendo a arreglarlo para decirlo again. Escribir es mi acto de liberación en el que lanzo las tabas al aire, llegando a casa, luego de un día agotador. Cada idea vuelta a mostrar es como estar agitando el brazo en alto, dedito acusador de tontona abandonada, mientras estoy echándome, desordenadamente al sofá. Otras veces ha sido como vomitar hasta sacar el alma en pleno ejercicio, un acto de rabia descontrolada en el que las palabras afiladas han sacado a los corazones de sus pechos, para lanzarlos por la borda que es esta vida loca, locaza. Puedo escribir para matar algo que está afuera o adentro; para decir “basta” o para impedir que muera (pero ay, siguió muriendo); con toda mi candidez colegial, venida a menos. Díganme, entonces, si tener la posibilidad de esta droga de bajo costo y tan alta permanencia, no es perfecta para seguir viviendo. Ese es el super secreto de los escritores: en verdad, están absolutamente intoxicados, pegados al teclado o la pluma o lo que sea, con lo que apeteciera enumerar lo que la mente fantasea.
Perdónenme el enredo de leerme, pero es pertinente mostrar que, en este mundo en el que habita mi mente, hay una Legión, una Chucky, una Negra, un Gordo y un Lobo (la musa). Casi nunca interactúan y siempre volverán a ser parte de este cuento, sea para crucificar o para poder decir que ahí vivo, camino, me congelo, le seguimos dando a este infierno perdido de mi cerebro. Todo para que valga la pena este enganche químico que provoca mi propio cerebro. Como siempre, se les desea la mejor lectura. Hasta la siguiente semana.
