Me obsesionan los inicios desde niña. Recuerdo mi primer día de escuela, el primer posar del lápiz en el papel impoluto. Me ha sorprendido y encantado aquella primera página de los cuadernos, la primera tajada a los lápices. La primera abotonada formal del uniforme. El olor de los libros de texto recién encuadernados, la tinta casi tibia, a mi tacto. Sacar los sellos de seguridad de las cosas, mirarlas por los cuatro costados, explorarlas. Me obsesionan el primer trago que sorprende a los sentidos, el primer bocado que explosiona en el paladar. Dar círculos, haciendo cabriolas, antes de entrar en el tema. Me fascinan, las primeras miradas radiográficas, los ensayos de las palabras básicas, el acercamiento sigiloso. Adoro los primeros besos, aquella primera exploración geográfica del otro, las primeras risas cómplices. Amo las primeras lágrimas, los secretos reveladores que se dicen en las primeras madrugadas. Sueño perdida siempre, con las primeras palabras de amor, los primeros suspiros ahogados, privadísimos. Me atraen las primeras quimeras, las primeras miradas racionales, las primeras sorpresas escalofriantes que nuestro propio cerebro nos juega.
Me entusiasma saber que siempre existirán comienzos, como exorcismo a los finales inevitables, en una especie de espiral eterno, donde nada se repite y simplemente sigue ascendiendo,
transformándose. Porque, finalmente (y aquí entro en absoluta contradicción con los inicios), me he cansado de cuestionar al destino, para sólo vivirlo e irlo narrando, como si fuera un partido de fútbol. Así las esperas resultan tener sentido y vivir las llegadas siempre es cuestión gozosa. Por ello, mi gran amor siempre es la hoja en blanco; aquella que lleno para que hoy me lean, en un acto de devota obscenidad inocente. Aquí comienza mi todo, otra vez. Sean bienvenidos.
