Los lugares, las cosas, la gente. El tiempo que invertimos en ellos, que disfrutamos, acariciamos, donde yacemos. Las situaciones impregnadas en ellos, como tinta indeleble, que luego nos atormentan, si volvemos sin ellos. Algunas cosas pueden ser inevitables, como las despedidas sorpresivas, producto de aquella incompatibilidad de realidades en las que, a veces, somos solo circunstancias de algo más importante.
Por encima de todo, para mí, los espacios en los que mis historias han transcurrido. Si han sido episodios desafortunados, me torturan, como cicatrices que no sanan. Al menos, lo hacían, hasta que un día decidí que si iba a etiquetar lugares por los malos recuerdos, Lima me iba a quedar minúscula. Entonces decidí volver a ellos, siempre, a veces, al día siguiente, para que, cual acto de exorcismo, se impregnaran del alivio de no vivir nuevamente el mismo mal rato.
Volví, volví y volví. La plaza, el café, la calle, el barrio, todas las veces posibles. Lo hice masoquistamente, al comienzo, dejando jirones de alma en aquel proceso cruel y en apariencia estúpido. Luego lo fui haciendo empowerada por el atrevimiento de arrancarle los malos recuerdos a mi mente y, finalmente, fui agradecida. Lima se convirtió en santuario, en hogar de felices recuerdos en sus caóticas calles, antes de subir aquella madrugada al avión que me tiene acá, al norte. No he cambiado de idea con el asunto de volver a los lugares para impregnarlos de buenos recuerdos. Es parte de una necesidad de sobrevivencia visceral, sobre todo si ellos se pegan en las entrañas; pero también es un asunto de dulce terapia, de adaptación feliz a los cambios, con la esperanza en ristre.
Más aún, ahora voy sonriente en esta ciudad que me hospeda y me digo: “volveré a este lugar, cuando el éxito sea mío, para llenarlo de luz”. Amén.
