Desde esta colina, donde la música se entremezcla, las palabras fluyen como el agua; culparemos a Astor Piazzola, mientras miramos al infinito y más allá. Dicen por acá que es de mal gusto decir que estamos en el Primer Mundo. Me agrada pensar que nuestra masa migrante devolverá al corazón de esta cultura muchas cosas que cierta Revolución Tranquila se ha llevado de encuentro, en aras del progreso.
El tema para iniciar una conversación suele ser el clima. ¿Lloverá hoy? Me preguntó una señora bastante mayor, sentada a mi costado una mañana en el parque. Dejé mi libro para responderle. Ninguna idea, señora; vi en la tele que y...Listo, ahí comienza el cotorreo que no se termina hasta que nos vamos a comer, juntas, con su hija, ya casi al final de la tarde, como si nos conociéramos de toda la vida. Tal vez para caer en la cuenta que, el tema es lo de menos, cuando descubrimos que somos inmigrantes, solo con décadas de diferencia. “Te cuesta integrarte, más por el idioma”, me dice ella. Cierto, pienso. “Tanta disciplina, choca”, añade. Nop, no es para tanto. Me gusta el orden, la tranquilidad de sus calles, caminártelas a media noche sin que te asalten. Adoro la ausencia de los vecinos bullangueros que no entienden tu privacidad.
En Lima me regalaron unos audífonos como los que usan los que taladran las pistas, para que pudiera dormir. Un vecino tenía un gallo que empezaba a cantar histérico, a las 4 am. Le seguían todos los gallos del barrio. Otro vecino fiesteaba todos los fines de semana, de viernes a domingo, a todo volumen. Cuando lo cuento acá, me miran como si estuviera hablando de alguna costumbre polinesia or something. Creo que, secretamente, les encanta a morir. Hey –me dijo un compañero de trabajo– tú vas a aprender bien el idioma, pero yo voy a aprender más: cómo piensan los latinos. Like if we were peruvians, digo.
