Acá vamos otra vez, post-fiestas, con el completo dolor de conciencia por el arrebato incontrolable de nuestras pasiones, pequeñas o grandísimas, sentimentalismo (también petite o talla XL), nuestra billetera agujereada y la resaca de todo lo vivido que también se empoza en el alma, Vallejo dixit, porque así son los feriados. Nos deslizamos por el carrusel de emociones que presupuso el fin del año que ya fue y he ahí que enero empieza sin darnos previo aviso, si tenemos en cuenta que cae fin de semana, maledetto.
Es decir que ahí vamos, pues, dándonos cuenta de que hay que hacer esfuerzos sobrehumanos para poder levantarse por las mañanas e ir a trabajar, en lugar de coger la toalla rumbo a la playa o pasar, de manera triunfal o desafiante, tu carta de renuncia, videíllo incluido, y hacerte el famoso del millón de visitas. Cielos, qué pereza da todo. Ahora, imagínense que en vez de estar en ese clima tórrido que hace sudar por donde nunca alguien había sudado antes, están, como yo, caminándome las calles, buscando chamba, a temperaturas inferiores a -10°C y con nieve acumulada que va ya llegando a los 50 cm, esquivando zonas resbaladizas, rogando que tu outfit de invierno cumpla con sus obligaciones de cubrirte y abrigarte, rezando por que se acabe el lindo invierno nórdico, pero que antes te traiga todo lo que deseas. Digo, nomás.
A cada quien, su infierno particular de enero, verdadera redención, luego de unos pocos días de relajo y descontrol. El orden regresa, inevitable, y el asunto de causa-efecto se cumple a rajatabla, mientras uno maldice porque es un año más, o un año menos, eso depende. Aun así, que sea lo que nosotros queramos, que sea una cuesta que haya costado, pero que al final nos muestre todo en perspectiva: somos lo que hacemos, y si lo hacemos bien algo habrá. Buen año.
