Te paras en aquel borde mental, mirando, cual Chavo del Ocho, azuzado por su clan: Que sí me tiiiiro... sí me tiiiiro... Pero no lo haces. Pasa, entonces, el tiempo crucial, aquel espacio-tiempo histérico en el que debiste lanzarte, mandarte, tirarte a la piscina, cerrar los ojos y a la merde, saltar.
Te digo que friega aquel asunto de estar al borde y nunca lanzarse; es como una agonía eterna con preguntas que nunca reciben respuesta, un onanismo mental en toda regla. ¿Es decente pasarse toda la vida pensando en un pasado/futuro posible? Absolutamente no. ¿Es justo vivir en la autocomplacencia, en aquella pusilanimidad que te dice que no importa ser como eres y vivir soñando, con todo aquello que te apetecería tener, solo porque te da vergüenza o pereza asumir el reto de dejar de ser tú? Qué pregunta tan grande lo sé, pero ahorita te la respondo yo: Claro que no es justo.
No hay tiempo, mira. No tengo la seguridad de que reencarnaré como una mosca, como un jugador de fútbol perucho (qué mala suerte tendría) o como un cactus en medio de la nada. Ergo, vamos corriendo, Legión; felizmente, no hacia un abismo. No es importante llegar, si ya sabes que al final llegas, de una forma u otra. Es importante el bendito camino, aquel que se hace quieras o no. Un trayecto que debería satisfacerte en todos los sentidos, oye. Mi viaje va apuradito, pensando en lo fútil de mi existencia y en lo imprescindible de aprovecharla, porque soy un grano de arena en la eternidad, en un planeta que continuará cuando ya nadie me recuerde. Que todo siempre haya valido la pena, así haya fallado, equivocado, perdido el cuero en ello.
Vivir es así, pues, explorar tus capacidades o morir en el intento. Advierto que soy una aprendiz en el asunto, pero ahí la lucho. ¿Entonces? ¿Te mandas este año que comienza? ¿Dónde te espero?
