Encomiéndate todas las mañanas a todos tus ancestros. Luego, cierra bien la puerta de tu casa y sal aguerrida, abrigada (si es el caso) y con una canción a flor de labios. No dejes que tu día empiece sin que tus manos estén en puño y te digas, cual Scarlet O'Hara “Si hay un destino... nunca más!” (al menos, mentalmente) y pon el pie afuera, con la esperanza cubriéndote, aunque ya tengas la agenda arreglada. Aun suponiendo que los días y las noches van en consecución inevitable, tú estate asombrada, para que todo cambie.
Te advierto que no te darás cuenta. Una mañana te mirarás al espejo, asustada, preguntándole quién es aquella que te mira, imitándote. Todas las mañanas te despertarás en tu Día de la Marmota, versión positiva, dispuesta a comenzar, no matter what, again.
El envase que te cobija tiene un tiempo de caducidad cortísimo, pero le sacas el jugo. Cómo jode, yo sé. Ya no te está permitido treparte de los entarimados de escuela, ni decir que tu tarea se la comió el perro, ni quejarte amargamente de tu almuerzo o de que no quieres ir al colegio. En cambio, puedes seguir soñando, bajito, a veces silenciosamente, mientras supervisas el camino de otros, abrazas tu almohada o miras al infinito y más allá. Camina al ritmo de tu propia música, tu banda sonora que habla de unicornios, de dioses en diamantes de diversas caras. Sonríe, sobre todo cuando nadie te vea.
Decía yo, que salgas, encomendándote a todo el mundo. Nadie está tan solo como para no ser parte de los pensamientos de algún otro, aunque sea unos instantes. Encomiéndate a él, entonces. Lo digo para que el valor no te falte nunca, aunque le tengas miedo a todo (es mi caso), para que siempre recuerdes que te recuerdan y para que tu cabello encanezca con la justicia del que vive, aunque duela, Negra.
