Me mudo este domingo. Será la cuarta mudanza que haré en mi vida, pero presumo que no la última. No estoy acostumbrada a ellas, la verdad: esta es la tercera, desde que decidí migrar, la primera la hice en brazos de mis padres, de un barrio de Lima, a otro. La trascendental fue la segunda, aquella en la que metí mi vida en tres maletas y una mochila. Debía prescindir de lo menos importante y colocar solo aquello que para mí era inolvidable. Dejé mis tesoros, generalmente libros y dibujos, en un par cajas, en Lima. Cosas que, por el momento, no puedo tener aquí.
Resulta que mudarse no es gran cosa, aquí. La gente está acostumbrada a hacerlo cada año, exactamente el 1 de julio, día del aniversario patrio, al que han renombrado “la fiesta de la mudanza”. Los letreros de ofertas de alquiler están en las ventanas de toda la ciudad desde el frío enero con una “puja” de alquileres, donde, el que llega primero, logra el premio: apartamento o condominio bien situado, todos los servicios incluidos a precio increíble. Claro, luego pueden aparecer sorprendentes ofertas, pero con gotero, y ahí te arriesgas a esperarlos, mientras otros alojamientos menos interesantes pero pagables, se irán agotando. Ya tú ve.
Pero el asunto va más allá de solo cambiar de casa. Es cuestión de andar ligero, mentalmente hablando. Nada de aferrarse a las cosas, a los lugares. He pensado que hay varias mudanzas en tu vida, también: cambio de empleo, una relación amorosa que termina... Vas colocando las cosas que ya no usas, en cajas, en tu mente, en tu corazón; con la esperanza de recuperarlas o reemplazarlas por otras. Hay, eso sí, una inevitable, a la que asistimos todos, desnudos: la muerte. No hay vuelta qué darle, te vas sólo con tus recuerdos y si tu mente falla, te vas sin nada. Da un poco de miedo saberlo. Pero me mudo el domingo (la idea me tiene eufórica) y me acostumbro al hecho de empacar y desempacar, por fuera y por dentro.
