Hipnóticamente mirábamos el horror en todo lugar, con la mirada que no podía despegarse de las huellas de aquella crueldad. Observábamos, como debieron haberlo hecho otros como nosotros, en otras épocas, a la cercanía de la muerte: más podía la curiosidad que la búsqueda de la seguridad; teníamos que descubrir si eran reales o simplemente fantasmas que atacaban al amparo de la oscuridad, el silencio y la ignorancia. Vivir era un ejercicio privilegiado que podría terminar mañana y muchos hacíamos viajes a infiernos interiores, de los que no deseábamos volver.
Allá, en donde ya no querían estar otros, algunos persistían, para morir con botas, sobre la marcha, en el bote hundiéndose. El conteo del día era absolutamente nauseabundo, deprimente. ¿Quieres saber cuántos murieron hoy? Solo cuatro. Solo seis. Tal vez un par de desaparecidos. Uy, hoy fue todo un pueblo... Vivías con la cifra, con las lágrimas, con las historias, como una agonía, en tu cabeza. Volteabas y encontrabas tu misma mirada en otros. Citadino.
No, tú no habías tenido que echarte, en pijama, en una sucia zanja, para que no te exterminaran, mientras escuchabas como sí lo hacían con tu padre. No, tampoco tuviste que huir de noche, con lo puesto, a un país distinto. Tampoco te violó un regimiento...
¿A quién le gusta la introspección que deja muertos y heridos, que trae zombies de regreso, que buscan descanso eterno, físico y sentimental? “No nos molesten, mayoría; somos los dueños del circo y no nos interesa vuestra angustia interminable”.
Recordar es un ejercicio casi suicida –terapéutico sí–, pero que te puede cambiar el presente. Volver sobre nuestros pasos y mirar que es imposible cerrar los ojos, porque existió la pesadilla y nos dejó huérfanos de todos lados; pero he ahí nuestra fortaleza: saber lo que somos y queremos ser por lo que nos pasó. ¿Olvidar? No, gracias.
