Dicen que la oralidad y la virtualidad han existido siempre en la transmisión de la cultura. Dicen que la Era de la Imprenta es sólo un paréntesis dentro de aquella cadena inconmensurable que es el progreso. Quiere decir que los que contaban historias en las aldeas, los poetas pagados por los reyes, los ancianos que recordaban historias épicas, iban dando vuelta hacia un círculo que se completa con la aparición de las altas tecnologías de la comunicación: ahora registramos digitalmente al bardo, digitalizamos un texto escrito, encapsulamos todo en código binario, por los siglos de los siglos, amén.
Me quejo amargamente de que aquel paréntesis termine convertido en una serie de datos que se guardan en un cd de backup sin etiquetado, perdido Dios sabe dónde. ¿Cómo alguien puede resistirse al placer de abrir las páginas de un libro, cuando es nuevo y olerlo? ¿Cómo no sentir aprensión al verlo herido, al borde del desecho? ¿Cómo es posible sobrevivir sin desear atesorarlos avaramente, so pena de excomunión? ¿Es que es posible vivir toda una vida sin haber dormido abrazado a uno de ellos, haberlo llenado de migas de pan, humedecido con nuestras lágrimas, o tal vez (lo lamento) subrayado maniáticamente, para poder volver a encontrar aquella frase trascendental? ¿Cómo le hace la gente para seguir viviendo sin aquella espectacular experiencia de la lectura sobre un ejemplar impreso? ¿En qué momento pueden considerar que lo otro es “mejor”? Yo me muero, sinceramente.
Me hablan de tecnología, de reciclaje, de economía. Entiendo y no, la verdad. Entiendo que no han tenido mis mismas oportunidades de disfrute de un arte agónico –según dicen– que se convertirá en un asunto de élites pobres, tal vez. Aquellas a las tecnologías no llegarán y que rebuscarán en aquellos viejos libros los sueños perdidos de un mundo que ya no existirá para entonces.❧
