Vamos a ser pueriles y digamos que, un día, se cansaron de ser la cola del barrio. Se cansaron de sentir dolor de conciencia, de mirar a su prole hambrienta. Ese mismo día se sintieron orgullosos de la lengua que habían conservado con tanto esfuerzo, pues en ella les iba la vida y la cultura de una antigua madre que les había abandonado a su suerte. Vale, añadimos que estaban rodeados de vecinos que no les tomaban en cuenta para casi nada, pero les obligaban a pelear sus guerras, que eran dueña de sus tierras y que –encima– se había apropiado hasta de su propio nombre, menospreciándoles, burlándose del su acento.
Pero entonces, un grupo de hombres (y mujeres, porque así les gusta aclarar acá) se dijeron si no sería buena idea pensar en cambiar el mundo. Digamos entonces, que se miraron entre ellos y dijeron “lo hacemos, n'importe quoi”. No en silencio, pero sí con la tranquilidad del que sabe que hace lo correcto.
Así, cambiaron la vida de una generación, aseguraron la de otra y dejaron aquella edad media que los tenía retenidos en el limbo de estar dentro de una cultura diferente. Solo fue una simpleza: la decisión de toda una generación de políticos, que dejaron de pensar en la inmediatez, en su propia existencia.
Armaron casa para generaciones posteriores... incluso para mí, inmigrante miedosa. Me conmueven.
Me pregunto (como siempre) si es posible repetir la experiencia en mi país de origen. ¿Qué limita a nuestra clase política para tomar decisiones trascendentales en nuestro país? ¿Nosotros, que los elegimos? ¿Aquellos dignos que no quieren ser políticos, porque la corrupción está anclada como el cáncer? ¡¿Qué diablos nos falta para saltar de la desidia?! Tal vez, mirar lo que somos capaces de hacer. Entonces, sin una sola bala, podríamos cambiar nuestro mundo.
