Por Nelson Manrique
Gomorra. Un viaje al imperio económico y al sueño de poder de la Camorra de Roberto Saviano (México: Debate, 2008) es, seguramente, el mejor reportaje político publicado en lo que va del siglo. Lo que el libro muestra de la Camorra napolitana dice mucho acerca de la naturaleza del capitalismo del siglo XXI. Luego de leer el abrumador relato de Saviano uno llega a la convicción de que la economía criminal es ya una parte imprescindible del capitalismo de la era de la globalización.
Lo que Saviano (quien vive en la clandestinidad, luego de que la Camorra lo condenara a muerte por su libro) ilustra con abrumadoras evidencias no es completamente nuevo. En su monumental obra La era de la información (Barcelona: Alianza Editorial, 1997, 3 vols.) Manuel Castells ha dedicado una sección a explicar cómo y por qué las redes criminales han terminado siendo parte de un capitalismo que abomina toda forma de control y cuyo único valor es la utilidad inmediata (“La conexión perversa. La economía criminal global”). Las consecuencias de este nuevo tipo de desarrollo, dice Castells, no se limitan a la economía: “el principal impacto de las redes del crimen global en las sociedades en general … es la nueva cultura que inducen.
En muchos contextos, atrevidos criminales de éxito se han convertido en modelos para una generación de jóvenes que no ven un camino fácil para salir de la pobreza y ninguna posibilidad de disfrutar del consumo y vivir aventuras. De Rusia a Colombia, los observadores destacan la fascinación de la juventud local por los mafiosos.
En un mundo de exclusión, y en plena crisis de legitimidad política, los límites entre la protesta, los modelos de gratificación inmediata, la aventura y el crimen se vuelven cada vez más borrosos. Quizás, haya captado García Márquez mejor que ningún otro la ‘cultura de la urgencia’ de los jóvenes asesinos en el mundo del crimen organizado ... Para ellos, no hay esperanza en la sociedad ... La vida misma carece de significado y la propia no tiene futuro. Saben que morirán pronto. Así que sólo cuenta el momento, el consumo inmediato, la buena ropa, la buena vida, a la carrera, junto con la satisfacción de provocar miedo, de sentirse poderosos con sus armas ... los criminales jóvenes están atrapados entre su entusiasmo por la vida y la percepción de sus límites. Por lo tanto, la comprimen en unos pocos instantes, para vivirla plenamente y luego desaparecer. Por esos breves momentos de existencia, la infracción de las reglas y la sensación de poder compensan la monotonía de una vida más larga pero miserable” (p. 232). Palabras más, palabras menos, la conclusión de Saviano es la misma.
Apenas comencé Gomorra tuve que releer el primer párrafo. Pero no había error. Lo que el autor narraba era la caída de decenas de cuerpos de chinos –hombres, mujeres y niños, cada uno con una etiqueta atada al cuello– de un contenedor, que se abrió accidentalmente al ser mal manipulado en el puerto de Palermo. Simplemente, un negocio más de la Camorra.
Volveré sobre el tema.
