Para el lector general con aspiraciones culturales –si se admite que esa abstracción existe– las antologías son de lo más serviciales, pues permiten, con economía de tiempo, dinero y espacio en los anaqueles, saldar esa deuda consigo mismo que uno se adjudica por no haber leído a un autor considerable.
Por su parte, el esperanzado escritor que las autoriza suele verlas como aperitivos que incitarán la adquisición de sus obras. Para el lector especializado, en cambio, tienen poco interés, salvo que se trate de antologías personales, es decir confeccionadas por el propio escritor. No porque los entendidos piensen que éste es el mejor juez de sus textos (todo lo contrario: la convención dicta que ojos críticos ajenos juzgan con acierto mayor) sino porque para ellos, los entendidos, el atractivo de las antologías personales reside en que albergan las páginas donde el autor ve vivamente encarnados sus ideales literarios, su poética.
Así, la Antología personal. Cuentos / Poemas / Prosas, de Fernando Ampuero, cuya edición acaba de dar a la luz Punto de Lectura, resulta, genéricamente, una suerte de desplante torero al culminar una lucida faena. Cuando él revela que su antología “refleja las obsesiones de las que jamás he podido librarme”, es decir aquellas que lo mueven a escribir y configuran el mundo de su literatura, cabe entender también que las formas en que allí las expresa son, a su juicio, sus más plenos logros. Esto soy yo –en buena cuenta es lo que saldría a decir–, ¿qué les parece?.
