Por Abelardo Oquendo
Hay luces, se sabe, que brillan en nuestro cielo aun cuando los astros que las originaron ya no existen. Son fulgores que durarán el tiempo que tarden en culminar su viaje. Las publicaciones más recientes del rectorado de la PUCP han aparecido como esos luceros fantasmales: pese a que su fuente ha sido sesgada, al menos en lo que se refiere al proyecto editorial confiado a Ricardo Silva-Santisteban.
Una de esas publicaciones pertenece a la colección El Manantial Oculto, tan celebrada. Se trata de un afamado libro de poemas de Rainer María Rilke: Sonetos a Orfeo, trasladado esta vez al español en versos rimados, empresa por demás ardua. Para ser la postrera emisión del manantial, resulta una despedida más bien modesta.
En cambio, la otra publicación –dos anchos volúmenes– es un adiós por todo lo alto de la serie Obras Esenciales. Viene en ellos una selección de escritos de G.K. Chesterton en versiones castellanas hechas por traductores de lujo: El hombre que fue jueves, Ortodoxia y El candor del padre Brown están en versión de Alfonso Reyes; Lepanto, de Jorge Luis Borges; El hombre que sabía demasiado, de Julio Cortázar, y La tumba de Arturo, de Eliseo Diego.
¿Son estos los últimos tomos de una labor editorial insólita? Quizás haya algo más entregado a la imprenta antes de que la orden de cese se emitiera, y aparezca también como luz de estrella muerta.
