Por Abelardo Oquendo
Se ha anunciado la creación de un ministerio de cultura. El presidente García revive, así, un proyecto suyo de los años 80, para el cual hasta había pensado en un ministro: Julio Ramón Ribeyro. El anuncio de entonces tuvo como marco un gran festival internacional de música popular latinoamericana, pero se ahogó en sus ecos. Las expectativas que despertó distan mucho de las de ahora, si es que ahora cabe hablar de expectativas.
Quizá haya valido para reforzar el escepticismo que hoy prima el que una razón determinante de la renuncia del director de la Biblioteca Nacional sea el abandono económico que esa entidad padece, contra el cual nada pudieron sus reclamos.
Si la Biblioteca, que sería parte del nuevo ministerio, es alimentada con mendrugos; si el propio Instituto Nacional de Cultura, que sería su base, apenas va más allá de atender, con sus exangües recursos, la conservación de nuestro patrimonio cultural, sobre el cual ejerce una jurisdicción que este gobierno recientemente ha querido recortarle; si hasta hoy el régimen del Dr. García ha mantenido la tradición de desentendimiento oficial para con la cultura que ha signado nuestra vida republicana, ¿cómo creer que un proyecto abandonado en los auspiciosos inicios de su primer gobierno se retome seriamente en las postrimerías del actual?
