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Depresión post-party

“Cuando me pasaba algo, y era chica, llamaba a mi papá. Él venía en su Ford Falcón azul y me escuchaba pacientemente”.

Por Rocío Silva Santisteban

Las lágrimas salen sin duelo, como diría Garcilaso, corriendo. Eso le molesta a mucha gente, hasta al médico. Me lo dice de alguna manera, no me dice por qué, quizás se trata de que no puedo entrar en esa especie de auto-compasión y yo lo sé perfectamente. Pero no quiero auto-compadecerme, quiero que se compadezcan de mí. ¿Es mala, acaso, la compasión? No me refiero a la propia, sino a la que podemos dar por los demás sin tener que sentirnos superiores. La compasión es un sentimiento que tiene dos entradas: una negativa en tanto “encumbra” al que compadece, el que compadece se siente “bueno” en relación con el otro; la otra entrada es de solidaridad humana, en el sentido más fino del término, en la medida que podemos dar nuestra humanidad al otro.
¿Por qué quiero que se compadezcan de mí?, ¿para buscar esa humanidad? En realidad, me he dado cuenta de que estoy harta de “estar a cargo”. En estas fechas me da por eso. Quisiera que alguien tome mi lugar. No quiero compasión para sentirme auto-satisfecha y victimizada: quiero exigir solidaridad. ¡Pero eso no se puede exigir! Tengo una fatiga mental de peso plomo y un cansancio en todos los huesos; y no sé cómo tratarlos, tiene que ser a partir del descanso y de la planificación, pero, ¿cómo salir de este marasmo, de esta inercia hacia la petrificación?, ¿cómo salir planificada y racionalmente de todo esto?

A veces una no puede estar “en foco”: no puede siquiera terminar de leer un libro. Simplemente no puede quedarse quieta y deslizar los ojos sobre las líneas, porque dentro de una algo nos empuja a pararnos, a entrar en internet, a la dispersión total… o a quedarnos mirando televisión, pasmadas y aplastadas. Hacer tontería y media, dispersas, dispersas, dispersas… Creo que esto también tiene que ver con la tristeza.

Cuando me pasaba algo, y era chica, llamaba a mi papá. Él venía en su Ford Falcón azul y me escuchaba, pacientemente. Él sabía que no podía hacer nada, sólo me daba su pañuelo mientras yo lloraba y le iba explicando mis pequeños problemas. Mi papá me decía siempre: “ten paciencia, comprende…”. Sabiendo él que no podía quedarse conmigo, me enseñó a poder hacerlo por mí misma, decía que debía tratar de superar el momento, me daba pautas para pensar racionalmente en el problema… yo quería en ese momento que él enfrente los problemas por mí, pero eso no sucedió nunca… él me dio pautas para poder “sobrellevar” esos problemas.

Extraño a mi padre, extraño nuestras conversaciones, ese pañuelo blanco. Él supo enseñarme a que yo responda por mí, quizás el inconveniente es que me enseñó a que yo podía cargar con todos los problemas. Me enseñó de algún modo una ambición de omnipotencia (de que “yo resuelvo”). Y eso me desgasta demasiado. Dicen algunos amigos que he extremado mi racionalidad y que solo mi propia fe de que algo, mucho más grande que yo –lo que podríamos llamar Ni-el-Ser-ni-el-No-Ser–, pueda sacarme del marasmo me permitirá salir. Eso, el saberme indefensa y entender que esa indefensión no tiene que ver con mi niñez y el miedo, sino con la simple condición de mi mortalidad.

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Rocío Silva Santisteban Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva Santisteban (Lima, 1963). Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Doctora en Literatura por la Universidad de Boston. Ganó el Premio Copé de poesía con su poemario Ese oficio no me gusta (1990). Otras publicaciones: Mariposa negra (1993), Condenado amor y otros poemas (1995) y Turbulencias (2006). En 1994 publica su libro de relatos Me perturbas (1994). Actualmente es periodista y docente universitaria. Además es presidenta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.