Columnistas
Loading

Etsa significa sol

Por Rocío Silva Santisteban

“Etsa significa sol”, fue lo que me dijo Edddinsong Tsajuput cuando le pregunté sobre el significado de su nombre awajún. Eso fue como dos años después de haberlo tenido como alumno de la pre Ruiz de Montoya, donde me sorprendió por su empeño y donde lo conocí, sentado y compartiendo el banco con uno de los nietos de un empresario minero. Me llamó la atención esa heterogeneidad de la universidad: podían sentarse uno al lado del otro, el nieto de uno de los hombres más poderosos del Perú junto al nieto de uno de los –probablemente– hombres menos poderosos del Perú. Etsa no se amilanó ni siquiera el primer día, cuando les propuse que lean un poema, él lo declamó con ese estilo que ya se ha olvidado en los colegios privados de Lima. Era un poema de Vallejo y Etsa lo vivía con todo el cuerpo. Me sorprendió e, indefectiblemente, me robó el corazón.

Eddinsong Tsajuput Anguash tenía 24 años de edad cuando, por razones aún no esclarecidas, dejó de experimentar la naturaleza de la vida misma. Aquel cuerpo que cobijó sus expectativas y rupturas ahora se encuentra en la Morgue de Lima esperando ser trasladado a su lugar de origen, cerca de Santa María de Nieva. Sé a estas alturas de mi propia vida que este devenir es injusto. Pero en el caso de Etsa, joven awajún estudiante de Filosofía y Ciencia Política, quien logró por puro pulso e inteligencia salir de la usual subalternidad a la que son sometidos miles de pueblos indígenas en todo el mundo para lanzarse a los abismos de la modernidad, esta abrupta muerte que ha impedido una potencialidad fuerte como interlocutor intercultural, es sumamente injusta, injustísima, desgraciadamente injusta. ¿Por qué? Porque, por ejemplo, él escribió que: “la comunidad awajún sabe muy bien que un acto de segunda ciudadanía es no saber ubicarse en un contexto plurinacional y multilingüe”.

Pero también podía ser sencillo: “Soy un idealista práctico, un romántico por esencia. Por antonomasia, soy Solitario. Me gusta mucho caminar, viajar, vivir el instante, respirar profundamente, sentir el aire que segundo a segundo siento en mí. Me gustan las cosas sencillas, amo la Vida Alturada. Soy tímido, claro. Pero una vez cuando me contacto con el público, suelo ser un nuevo Demóstenes […]. Me gusta tocar la flauta dulce y me gustaría tocar el violín. Admiro a Jesús, Sócrates, Gandhi y a la misma Vida. Por lo demás, no soy especial, me ubico allí adonde me voy. Me gustan los poemas, leerlos en voz alta, en un espacio silencioso”. Estas palabras las dejó en su Facebook antes de morir. Se encontraba escribiendo un diccionario Awajún-Español y no le importaba que lo hubieran hecho otros previamente, para él las palabras siempre son diversas en cada traducción.

A veces, cuando venía a mi oficina solo para charlar, no lo llegaba a entender del todo. Había algo dentro de él –¿un misterio?, ¿una veladura?– que lo constituía desde una percepción especial y diferente. Etsa se vio impactado por la racionalidad de la filosofía –solía citar a Nietzsche–, pero a su vez impelido a la acción: no podía solo pensar, tenía que actuar. La muerte nos ha arrancado una voz y una acción y esa es una deuda demasiado cruel. Los que vengan detrás reivindiquen su nombre: Etsa significa sol.

Hay 9 Comentarios

Enviar un comentario nuevo

Rocío Silva Santisteban Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva Santisteban (Lima, 1963). Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Doctora en Literatura por la Universidad de Boston. Ganó el Premio Copé de poesía con su poemario Ese oficio no me gusta (1990). Otras publicaciones: Mariposa negra (1993), Condenado amor y otros poemas (1995) y Turbulencias (2006). En 1994 publica su libro de relatos Me perturbas (1994). Actualmente es periodista y docente universitaria. Además es presidenta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.