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Memento: papá & hijo & Montesinos

Por Rocío Silva Santisteban

Todos los peruanos sabemos que una de las metas de Vladimiro Montesinos fue “fidelizar” la línea política de los canales de televisión con la colocación de, primero, más de 80 millones de soles de avisaje gubernamental (sobre todo en Canal 4) y luego, en 1998, con el dinero que decide dar en directo y sin escalas (necesitaba no solo una línea política favorable sino deshacerse de aquellos periodistas que le eran incómodos). El pago directo a los dueños de los canales no tiene la sofisticación de las negociaciones judiciales que propone Montesinos a los empresarios que visitaron la sala del SIN (Romero o Luksic). “En el caso de los propietarios de los medios de comunicación –dice Antonio Zapata– el elemento dominante está constituido por los fajos en efectivo y las imborrables escenas de grandes señores guardando sobornos en maletines y bolsas”.

Efectivamente, las escenas más delirantemente plásticas de los videos de Montesinos son, quizás, las de la corrupción de José Francisco y José Enrique Crousillat. El video del 26 de febrero de 1999 empieza con una toma de la sala del SIN en la cual están sentados padre e hijo Crousillat y Montesinos, con terno oscuro, frente a dos rumas de medio metro de billetes en dólares. Los tres hablan de temas banales (los relojes Rolex, las fotos que han querido tomarle a Montesinos) cuando empiezan a criticar a la revista Caretas y algunos de sus periodistas de manera sumamente vulgar: “¡Puta madre, gordo cabrón es ése! (por Enrique Zileri, su director) o “Ese [Fernando Vivas] es un miserable… Ese es un maricón”. De pronto, cambia la toma a una segunda cámara, los tres personajes se ríen a carcajadas, entonces Montesinos dice: “vamos metiendo” y empieza a guardar el dinero en un maletín. Ambos, padre e hijo, se miran mutuamente y asienten. En ese preciso momento, José Francisco, el hijo, le comenta a Montesinos sobre la forma cómo merman algunos dirigentes del club deportivo Alianza Lima, acondicionando espacios poco higiénicos para la sección de odontología del club. Y el papá apostilla al hijo: “son ladrones” y Montesinos sinvergüenzamente asiente: “se roban todo”, a lo que José Enrique Crousillat contesta: “Se roban todo, son unos dirigentes de cuarta”.

En esta escena hay dos conglomerados de sentido que no coinciden: por un lado las imágenes de los billetes puestos en rumas altas sobre una mesa de madera, billetes dirigidos a corromper a los supuestamente respetables señorones, el gesto de Montesinos de guardarlos él mismo en el maletín, y por otro lado los otrora hombres fuertes de América Televisión sosteniendo una conversación esquizofrénica sobre la corrupción al menudeo de dirigentes deportivos, irguiéndose en jueces morales del resto cuando, en primera plana, se encuentra la evidencia más contundente de su propia tachadura moral y de su crimen. “Los pendejos convertidos en esclavos del Amo mayor” como podría decir Juan Carlos Ubilluz, actúan como si su mal no infligiera daño a nadie; por el contrario, como si se tratara de un ¡¡beneficio a los intereses de la nación!!

Lo que hoy está sucediendo es la continuación de esta escena: estamos en manos de esquizofrénicos, que “no saben lo que hacen”, los “sorprenden”, pero todos, ellos y nosotros, sabemos que no es cierto. Las máscaras caen y aparecen otras y otras: ¿no será que nosotros como ciudadanos, votando por el mal menor, caemos también en la debilidad mental y moral?

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Rocío Silva Santisteban Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva Santisteban (Lima, 1963). Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Doctora en Literatura por la Universidad de Boston. Ganó el Premio Copé de poesía con su poemario Ese oficio no me gusta (1990). Otras publicaciones: Mariposa negra (1993), Condenado amor y otros poemas (1995) y Turbulencias (2006). En 1994 publica su libro de relatos Me perturbas (1994). Actualmente es periodista y docente universitaria. Además es presidenta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.