Por Rocío Silva Santisteban
Justamente cuando José Ignacio “Lula” da Silva y Hugo Chávez aterrizaban en La Habana, estalla en la isla el caso de un preso que ha muerto por una prolongada huelga de hambre. Orlando Zapata Tamayo tenía 42 años y 83 días sin probar comida sólida cuando su cuerpo no resistió más y murió en un hospital de La Habana, adonde lo habían trasladado desde Camagüey (ahí lo estuvieron alimentado por vía intravenosa). Zapata había sido capturado en el año 2003 y sentenciado a tres años de prisión por desacato, desorden público y desobediencia, aunque posteriormente en prisión y por “indisciplina” fue acumulando condenas hasta llegar a 30 años. Zapata ha sido considerado por Amnistía Internacional como un preso de conciencia.
Algunas versiones desde la isla sostienen que Orlando Zapata, quien era albañil y afrocubano, apenas era un preso común que “entraba y salía de prisión” y que por su condición había sido “utilizado” por la contra-revolución como chivo expiatorio. Sostiene Enrique Ubiera de Cubadebate lo siguiente: “Transformado después de muchas idas y venidas a prisión en ‘activista político’, Zapata fue el candidato perfecto para la autoejecución”. Obviamente este último sustantivo tiene reminiscencias de la tristemente célebre “autotortura” de Leonor La Rosa anunciada así por Martha Chávez. Además agregan que la bloguera Yoani Sánchez, así como otros disidentes, estarían “utilizando su cadáver” como buitres y que en realidad quienes lo han matado no son los dirigentes del gobierno, ni las condiciones ignominiosas de prisión, sino los propios contrarevolucionarios con sus juegos de poder.
Así como la versión de Leonor La Rosa fue enrevesada y no del todo transparente, no dudo que la historia de Orlando Zapata sea laberíntica y esconda algo, pero la versión de los hechos proclamando a Zapata como un “cadáver útil” desde la isla y sus representantes oficiosos –más que oficiales– es, de por sí, absolutamente cínica. Repulsivamente cínica. Y creo que es un deber de cualquier persona comprometida mínimamente con los derechos humanos dejar constancia que un preso de conciencia internacional ha muerto en Cuba por mantener su voluntad de seguir una huelga de hambre hasta las últimas consecuencias.
De la misma manera como Margaret Thatcher dejó morir a Bobby Sands, el activista del IRA tras 66 días de huelga de hambre; Raúl Castro ha hecho lo propio con Zapata, quien –como dice el poeta Heriberto Hernández– no es ni poeta, ni político respetable, ni ex miembro de ningún congreso, ni cámara, ni camarilla, sino un obrero, negro, pobre entre los pobres, de hecho con educación y salud gratuitas y seguras de por vida, pero sin la posibilidad de poder hablar sino a través de su cuerpo. Lo único que le pertenecía era precisamente ese cuerpo de albañil y plomero, y una voluntad férrea para llevar a cabo una “huelga de hambre de verdad”. Como dueño de su propio cuerpo lo convirtió en símbolo para atravesar todas las censuras y no ha sido sino a través de la muerte de ese cuerpo que el hombre, Zapata, ocupó su lugar. Hablar de “autoejecución” es realmente indignante: la muerte como posibilidad de “nombrar” –de convertirte en símbolo para “hablar”– es perversa siempre, sobre todo, cuando se dicen discursos de un lado y otro, de la revolución y la contrarevolución, con el cadáver de un disidente de conciencia de por medio.
