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Puppetmaster*

Por Rocío Silva Santisteban

La semana pasada comenzaron las clases en la universidad donde trabajo. Me tocó la clase de “inducción a los cachimbos” del área de periodismo. Como buenos futuros periodistas les pregunté por el tema de la semana: todos a unísono dijeron “el indulto a Crousillaaaaaaat” como si corearan un mantra. “¿Pero qué se tiene en claro de todo esto?, me atreví a preguntar. Una estudiante avezada acusó directamente a Alan García; otro de la fila más atrás sostuvo que el ex ministro de justicia había recibido una coima. “Yaa… ¿y si es así por qué ningún periódico o medio de información lo dice?”, traté de argumentar. Todos se quedaron callados hasta que alguien balbuceó algo así como la palabra “prueba”. “¡Pruebas, señores! El periodista no puede ir diciendo que tal tipo es un corrupto si no tiene pruebas, o indicios razonables, de fuentes fidedignas y cruzadas”, me atreví a dar mi primera clasesita.

Creo que no entendieron mucho, pero por lo pronto yo sí comprendí algo: que en general los peruanos, incluso los de 16 y 17 años, sabemos que detrás de este pogo de los que sobran, en el que los de a pie hemos participado tirando chapitas sin premio, hay más de un gato gordo encerrado. ¡¿Por qué los políticos nos subestiman de tal manera que nos rebajan de ciudadanos a babosos?! Ellos saben, además, que nadie se la cree: pero todos se siguen manteniendo en escena como si no pudieran darse cuenta, verdaderamente, que nosotros estamos absolutamente seguros de los hilos transparentes que tratan de ocultar delante de un fondo negro. “Puppetmaster” es el nombre que en inglés se le dice al titiritero: el Amo de los Muñecos. Y nosotros que seremos espectadores de estas farsas y sainetes, impactados ante tamaña puesta en escena, tampoco somos babosos ni idiotas ni lentos mentales: aunque no tengamos pruebas los peruanos conocemos al Amo de los Muñecos.

Como ciudadanos nos percatamos que hay algo confuso en el fondo de la “patadita” a Aurelio Pastor: ¿era necesario mantenerse tan terco hasta ese tipo de final?, ¿por qué se le puede bajar el dedo a uno de tus mejores alfiles si no es que te estás curando en salud? (aunque la verdad que el mal ya estaba gangrenando el cuerpo), ¿esta movida está vinculada con los últimos cambios en el partido del pueblo?, ¿cuáles son, finalmente, los intereses de un grupo de políticos que perciben el horizonte cada vez más estrecho de sus futuros gubernamentales?

Alejandro Toledo ha dicho que para engañar al Presidente de la República se requiere haber ganado un Oscar, insinuando que es tan difícil engatusarlo que debe haber “algo” detrás del indulto concedido por razones humanitarias; ahora Aurelio Pastor dice que Alejandro Toledo es el candidato presidencial del Grupo El Comercio dejando entrever que se trata de una amenaza del poder mediático por copar el poder político (“pero todos tienen derecho de tener sus candidatos”) y Canal N interpreta lo que dice Pastor con el siguiente titular: “Pastor vuelve a arremeter contra la prensa”. ¿Realmente se trata de una amenaza a la prensa? Tampoco, tampoco. Pero, ¿la absurda y grotesca leguleyada de Motupe hubiera sido una real amenaza? Una medida cautelar podría haber silenciado a varios periodistas antipáticos. Lamentablemente en este mundo de las maravillas a veces los juegos perversos entre los dueños de la pelota son una agresión contra el fútbol.

*Le agradezco el título a Jorge Aragón.

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Rocío Silva Santisteban Rocío Silva Santisteban

Rocío Silva Santisteban (Lima, 1963). Estudió literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Doctora en Literatura por la Universidad de Boston. Ganó el Premio Copé de poesía con su poemario Ese oficio no me gusta (1990). Otras publicaciones: Mariposa negra (1993), Condenado amor y otros poemas (1995) y Turbulencias (2006). En 1994 publica su libro de relatos Me perturbas (1994). Actualmente es periodista y docente universitaria. Además es presidenta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.