La revelación de una entrevista perdida de César Vallejo de la que dio cuenta esta página el jueves pasado me recuerda el culto a los escritores y artistas como santos. Aun cuando las declaraciones de Vallejo no hayan sido originales, reveladoras o profundas o acaso ni siquiera interesantes (no lo sé en este caso), el hallazgo tiene un valor por iluminar aspectos no conocidos de su obra, pero también por tratarse de él. Vallejo ha accedido a ese raro panteón de los artistas enigmáticos y sagrados. En su caso, como en de algunos otros, un artículo perdido, una entrevista olvidada, no digamos un poema inédito, tiene un raro valor agregado. Le perteneció al poeta.
Lo mismo puede decirse del trozo de pelo que George-tte logró salvar del cuerpo de Vallejo y que le confió a Fernando de Szyszlo. El mechón fue una de las piezas privilegiadas en la exposición del 2010, en el Centro Cultural de la Universidad Católica. Hace algunos años, en Trujillo, vi a un grupo de especialistas europeos de Vallejo partir, en un achacoso microbús, a visitar Santiago de Chuco en un viaje de ida y vuelta el mismo día. Uno de ellos me dijo que solo quería tocar las paredes de la casa donde el poeta había nacido. Hace poco, en Trujillo, César Gutiérrez me hizo ver la construcción de la cárcel donde Vallejo estuvo preso. Si Vallejo no hubiera estado allí, sería un lugar más.
Muchos piensan que este fetichismo literario es absurdo y banal, y quizá tienen razón. Sin embargo, confieso que también lo practico. En una ocasión, en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, el hecho de ver una tarjeta de Navidad que decía simplemente “Merry Christmas. Charles”, me llenó de emoción. La posibilidad de ver la letra escrita de Dickens, y de imaginarlo escribiéndola me parecía excepcional. En ese mismo local pude sostener algunos de los libros que Joyce había tenido en su biblioteca y ver, maravillado, los puntos (uno, dos o tres, según el caso), que el escritor había puesto en los márgenes (uno de mis profesores, Tom Staley, investigaba el significado de los puntos). En una ocasión, en casa de un amigo en Madrid, pude tener en las manos también la primera edición (la de 1857) de Madame Bovary. Envidio asimismo a José Miguel Oviedo que ha podido tocar el manuscrito del Ulises que se encuentra en el museo Rosenbach en Philadelphia.
Pero el fetichismo literario no se limita a los libros. Una noticia en una revista norteamericana hace unos años cuenta que la víspera de su muerte, Allen Ginsberg había ido a cenar a casa de un amigo. Algo indispuesto, Ginsberg había dejado su plato a medias. El anfitrión lo despidió y se acostó. Al amanecer se encontró con la noticia de la muerte de Ginsberg y decidió preservar tal como estaba, hasta donde pudiera, el plato inacabado del gran poeta de “Howl”, e incluso exhibirlo en una urna. A propósito de cenas, en otra ocasión, Ray Bradbury fue con un amigo a un restaurante de París. El amigo derramó un poco de vino en una servilleta y le pidió disculpas a Bradbury. “Al contrario, me has hecho un favor”, le dijo el escritor. “Esto es un marciano.” A continuación, Bradbury dibujó unas antenas encima de las manchas de vino, extendió unos miembros, puso unas naves espaciales atrás y firmó la servilleta. No hace falta agregar que el restaurante puso el “cuadro” y, por supuesto, la firma a la entrada del local.
Muchos coleccionan libros firmados, la forma del fetichismo literario más común. Los museos de escritores son paraísos para los fetichistas. Sin embargo, las computadoras han acabado con un fetichismo literario extendido: el culto al manuscrito.
Quizá el fetichismo venga de una curiosidad por encontrar en la vida de un escritor, alguna pista que nos sugiera cómo pudo componer obras tan perfectas y perdurables. Y sin embargo, sus objetos también nos recuerdan que los escritores fueron tan rutinarios y banales en sus vidas, como cualquiera de nosotros. Nos sentimos más cerca de ellos.